17/3/2026

URRACA I: UNA MUJER EXTRAORDINARIA

Por Angeles Viladrich

Hoy, 8 de marzo, quiero rendir homenaje a una mujer singular que falleció este mismo día de hace 900 años: Urraca, reina de León y Castilla. Pasó a la Historia con el apodo de La Temeraria. Posiblemente de haber sido hombre, su denominación habría sido la Valiente, la Indomable, la Luchadora, etc. Pero era mujer, y además una mujer que no se resignó al papel de hija obediente, ni de esposa sumisa, ni de madre abnegada, ni de cristiana devota, ni de moneda de cambio al servicio de intereses políticos. Había heredado de su padre -Alfonso VI- el espíritu combativo, de su madre – Constanza de Borgoña-, la afición a la música y a la poesía, y de su tía –Urraca, reina de Zamora- el nombre, que aunque ahora lo asociamos con una especie de cuervo, en aquella época era muy corriente en Navarra, Rioja y Vizcaya. La palabra deriva del latín aurum (oro), en euskera urrea, con la terminación vasca del femenino –ka. Significa, por lo tanto, Aurea o Dorada. Y precisamente las urracas se llamaron así por su afición a los objetos brillantes. Sus primeras peleas infantiles comenzarían posiblemente con su hermanastra Teresa, hija de Jimena Muñoz, concubina del rey. Ambas niñas tenían la misma edad -13 años- cuando Alfonso, para conseguir apoyos en la lucha contra los almorávides, las casó con dos nobles francos primos de su esposa, Raimundo y Enrique de Borgoña y, para su dote, desgajó un gran territorio del noroeste del reino leonés y lo dividió en dos partes: el reino de Galicia para Raimundo y Urraca, y el condado de Portucale para Enrique y Teresa. Para su repoblamiento, ambos yernos trajeron campesinos e importaron vides de su tierra natal, así que gracias a ellos actualmente podemos disfrutar del albariño y el oporto. En el año 1109 falleció Alfonso VI. Como su único hijo varón, el joven Sancho, había también muerto un año antes en la batalla de Uclés, Urraca fue proclamada reina de León. Para entonces era ya viuda y tenía dos hijos –Sancha y Alfonso- y los grandes del reino, al frente de importantes facciones, se disputaban su mano. Para evitar enfrentamientos internos y conseguir aliados en la lucha contra los musulmanes, los nobles la presionaron para que contrajera segundas nupcias con el rey de Aragón, Alfonso I, el Batallador.

Si a pesar de ser una unión de conveniencia, hubiera existido entre los cónyuges, no amor pero al menos algo de respeto, este matrimonio habría significado la unión de la España cristiana casi 400 años antes de la boda de los Reyes Católicos, pero la realidad fue un auténtico desastre. Ella, poseedora de una refinada cultura y un carácter decidido. Él, violento y autoritario, criado en la rudeza de los caballeros templarios y, parece ser, más inclinado a los hombres que a las mujeres. Y además un maltratador de manual, tal como relata la propia reina: Me vi forzada a seguir la disposición y arbitrio de los grandes, casándome con el cruento, fantástico y tirano rey de Aragón. El cual, no sólo me deshonraba con torpes palabras sino que muchas veces mi rostro fue manchado por sus sucias manos y golpeado por su pie. Las peleas no fueron solo domésticas, sino que devinieron en una cruenta guerra civil, con las tropas aragonesas invadiendo tierras castellanas y la reina encerrada en una torre en tierras aragonesas. Finalmente el matrimonio, que no había tenido descendencia, fue anulado por el Papa Pascual II bajo pretexto de consanguinidad entre los cónyuges, por ser ambos descendientes de Sancho III de Navarra. Pero aún vendrían más guerras. En un juego de alianzas y contralianzas, Doña Urraca tuvo que luchar contra su hermana y su cuñado que querían convertir Portugal en reino independiente, con Diego Gelmírez, el todopoderoso arzobispo de Santiago de Compostela, con su propio hijo, Alfonso Raimúndez, que se había autoproclamado rey de Galicia y, por supuesto, con los almorávides. Ello sin descartar las revoluciones de los burgueses en Santiago y Sahagún.

En su vida sexual también fue una mujer rompedora. Tuvo como amantes reconocidos a los condes Gómez González y Don Pedro de Lara, con quien tuvo “fijos a furto”, con gran escándalo de los sectores clericales, que la acusaron de adúltera y la compararon con Jezabel, la malvada de la Biblia. También se le atribuyó el despojo de los tesoros de iglesias y monasterios, y describieron su muerte como un castigo divino, cuando en medio de un oficio religioso, en la Basílica de San Isidoro de León, “se le quebró el cuerpo por la mitad”. Los historiadores interpretan que sufrió un aborto, muy peligroso en su época sobre todo para una mujer de 44 años, y en muy grave estado fue trasladada al castillo de Saldaña donde falleció. Le sucedió en el trono su hijo, que pasó a la historia como Alfonso VII, el emperador. El desempeño de la labor política de la reina Urraca es actualmente objeto de controversia. Las crónicas oficiales, claramente negativas, carecen de imparcialidad por cuanto fueron escritas por sus enemigos y además están impregnadas del discurso misógino del Medievo: “Gobernó tiránica y mugerilmente”, porque “el ánimo de la mujer es débil y fácilmente se desorbita. Mejor es maldad en hombre que bondad en mujer”. Otras fuentes en cambio la describen como una gobernante enérgica y justa, muy preocupada por el bienestar de sus súbditos y muy querida por ellos. Ante estas contradicciones, estamos asistiendo a un revisionismo de su reinado mediante un análisis riguroso de las fuentes históricas. Lo que es indudable es que se trató de una mujer extraordinaria, inteligente y poderosa, consciente de su valía, decidida defensora de sus derechos dinásticos y, sobre todo, de su independencia como persona.