26/8/2026

MEMORIAS DE ALCALÁ (VI)

«Memorias de Alcalá» es el título global de una serie de artículos que recogen las vivencias y reflexiones de personas que promovieron tanto la Asociación Española de Antiguos Alumnos del INAP como la Federación Internacional de Antiguos Alumnos Iberoamericanos del INAP de España.

En esta sexta entrega, Patricia Carral Cunningham, que fue en 2009 una de las fundadoras y la primera presidenta de AEINAPE, reflexiona sobre la importancia estratégica, histórica y también actual, de la ciudad de Alcalá de Henares como puente entre España e Iberoamérica.

 

ALCALÁ DE HENARES: UN PUENTE ENTRE ESPAÑA E IBEROAMÉRICA

Por Patricia Carral Cunningham

Hay ciudades que conocemos por los libros, otras que visitamos y algunas que, sin saberlo cuando llegamos, terminan formando parte de nuestra propia historia. Para mí, Alcalá de Henares pertenece a esta última categoría.

Llegué desde México en enero de 1987, con una beca para estudiar en la Universidad de Alcalá, muchas ilusiones y el deseo de conocer España. Lo que entonces no podía imaginar era que aquella experiencia marcaría mi vida mucho más allá de lo académico.

Mi viaje tenía, además, un significado familiar. Mi abuelo Eduardo fue quien me animó a solicitar la beca. Mientras esperábamos la respuesta, fui descubriendo la historia de mi bisabuelo, José Carral Sañudo, nacido en Cantabria y emigrado a México en 1875.

Más de un siglo después, yo emprendía el camino contrario. Él había viajado de España a México; yo viajaba de México a España.

Los dos viajes eran distintos, pero estaban unidos por algo esencial: el deseo de buscar nuevos horizontes y construir un futuro.

Y entonces llegó Alcalá.

 

Una ciudad que había sido cuidada antes de que yo llegara

Con el tiempo comprendí que mi experiencia como estudiante solo había sido posible gracias a una historia mucho más larga. La Universidad de Alcalá, fundada en 1499, había sido durante siglos un referente de conocimiento y cultura. Pero en 1836 la Universidad fue trasladada a Madrid y Alcalá quedó sin su institución más emblemática. Fue entonces cuando la ciudad demostró hasta qué punto podía sentirse responsable de su patrimonio.

En 1851, un grupo de vecinos constituyó la Sociedad de Condueños para proteger los edificios universitarios y mantener viva la esperanza de que algún día la Universidad regresara. Gracias a aquella decisión, el Colegio Mayor de San Ildefonso, el Paraninfo y otros espacios sobrevivieron durante décadas.

Cuando yo caminaba por esos lugares como estudiante, no conocía todavía toda esa historia. Hoy la miro de otra manera. Yo podía entrar en aquellas aulas porque otras generaciones habían decidido conservarlas.

 

El regreso de la Universidad y una nueva vocación internacional

El Archivo General de la Administración, inaugurado en 1969, contribuyó a devolver actividad institucional a Alcalá y ayudó a preparar el camino para la reapertura de la Universidad en 1977.

Pero para quienes llegamos años después, Alcalá significaba sobre todo una ciudad universitaria abierta al mundo.

El INAP y la cooperación internacional de la AECI hicieron posible que profesionales y estudiantes de distintos países iberoamericanos llegáramos a España para formarnos. Yo fui una de esas estudiantes.

Recuerdo especialmente mi primer domingo en Alcalá. Hacía frío y estaba nevando. Era la primera vez que veía nevar. Entonces escuché las campanas de San Ildefonso. Aquel sonido me llevó inmediatamente hasta Puebla y hasta las campanas de la iglesia del Rayito, tan presentes en mis recuerdos. Por un instante, México y España parecieron estar mucho más cerca.

También recuerdo las cigüeñas sobre los edificios universitarios y la sensación de estar descubriendo un mundo nuevo. Pero lo más importante fueron las personas. Compartí aquellos años con estudiantes de distintos países iberoamericanos, profesores y académicos de España y el día a día de la maravillosa gente de Alcalá. Éramos diferentes en nuestras historias, nuestras costumbres y nuestros lugares de origen, pero terminamos formando una comunidad. Algunos de aquellos compañeros se convirtieron en amigos para toda la vida, llegando a sentirlos como una familia.

Con los años comprendí que ese era uno de los mayores valores de aquellos programas: no solo nos daban conocimientos, nos daban vínculos.

 

Una historia que continuó y se expandió

Mi relación con Alcalá no terminó con aquella primera estancia. Años después regresé a la Universidad para realizar un doctorado en Economía. Volver significó reencontrarme con una ciudad que ya formaba parte de mi vida y continuar una trayectoria académica que había comenzado aquella mañana de enero de 1987.

En diciembre de 2009 participé en la constitución de la Asociación Española de Antiguos Alumnos del INAP de España, junto con Benito Ramos Ramos, Antonio Ballester Herrera, Juan Alarcón y Consuelo Sánchez Naranjo. Tuve el honor de ser su primera presidenta.

Para mí, aquella iniciativa tenía un significado especial. Era una manera de mantener vivo algo que había comenzado muchos años antes: los vínculos profesionales y, sobre todo, humanos que nacieron alrededor del INAP, de la Universidad y de aquella comunidad internacional de estudiantes.

 

Cinco caminos, una misma historia

Hoy veo todo este recorrido como una sola historia.

Una historia en la que la Universidad creó una tradición de conocimiento; donde la Sociedad de Condueños protegió un patrimonio que parecía destinado a desaparecer; donde el Archivo General de la Administración devolvió el uso oficial de los edificios de la Universidad y la vida institucional de la ciudad; donde el INAP y la cooperación internacional abrieron las puertas a estudiantes y profesionales de Iberoamérica; y, finalmente, donde las asociaciones de antiguos alumnos hicieron posible que muchos de aquellos vínculos sobrevivieran al paso del tiempo.

Pero detrás de las instituciones siempre estuvieron las personas.

Los vecinos que protegieron los edificios. Los profesores. Los funcionarios. Los estudiantes que cruzamos fronteras. Las familias que hicieron posibles esos viajes. Y los antiguos alumnos que decidimos seguir unidos.

Entre todas esas personas, mi abuelo ocupa un lugar muy especial. Él fue quien puso en mis manos aquella solicitud de beca y quien creyó que aquel viaje podía abrirme nuevos horizontes.

Y, de alguna manera, tenía razón.

Mi bisabuelo había salido de Cantabria hacia México. Yo llegué desde México a España.

Él encontró en México una nueva vida. Yo encontré en España una parte de mis raíces y una oportunidad para construir la mía.

Entre ambos viajes había más de un siglo, pero también un mismo impulso: mirar hacia adelante.

Por eso, cuando recuerdo las campanas de San Ildefonso, ya no escucho solamente un sonido de aquella mañana de invierno. Escucho el comienzo de una historia que unió familia, formación, amistad, España e Iberoamérica.

Alcalá me recibió como estudiante. Me dejó una comunidad de amigos, una trayectoria académica y una relación profunda con España, hoy mi patria también.

Y, sobre todo, me enseñó que algunas ciudades no se quedan donde están. Nos acompañan.

Alcalá me acompaña desde entonces en mi camino.

 

Sobre la autora:

Laura Patricia Carral Cunningham, originaria de Puebla, México, es economista, con especialización en las áreas financiera, fiscal y de administración. Estudió en la Universidad de las Américas en Puebla y en la Universidad de Alcalá (UAH).

Cuenta con amplia experiencia tanto en el ámbito de la Administración Pública como en el sector privado. Actualmente es CEO de una empresa del sector de la construcción en Madrid.

En 2009 fue fundadora y primera presidenta de la Asociación Española de Antiguos Alumnos del INAP de España.

Participa en diversos seminarios y congresos internacionales organizados por el INAP y por la Federación.