4/8/2026

MEMORIAS DE ALCALÁ (III)

«Memorias de Alcalá» es el título global de una serie de artículos que recogen las vivencias y reflexiones de personas que promovieron tanto la Asociación Española de Antiguos Alumnos del INAP como la Federación Internacional de Antiguos Alumnos Iberoamericanos del INAP de España.

En esta tercera entrega, la argentina María de los Milagros Cascallar, becaria de un curso de posgrado del INAP español, rememora un paseo nocturno por Alcalá en la primavera de 1984, en una España en la que (casi) todo el mundo fumaba el tabaco que Rodrigo de Jerez trajo de América, todo ello mientras el edificio de la Universidad que fundara el Cardenal Jiménez de Cisneros «recostaba su perfil bajo una luna brillante».

 

EL PRÍNCIPE DE ALCALÁ DE HENARES

Por María de los Milagros Cascallar Casal

En la Antigua Universidad de Alcalá de Henares (Madrid, España) donde, en 1984, vivíamos los felices becarios de los cursos de Posgrado del INAP de España, tanto los aspectos referidos a la vida académica como los relativos al bienestar y permanencia de nuestra estancia en ella se encontraban sabiamente reglamentados.

Se desayunaba temprano, para poder cumplir las cuatro primeras horas del curso, y se almorzaba temprano a fin de continuar con las otras tres horas restantes. La cena, por razones operativas, también se realizaba temprano con relación a los horarios que se acostumbraban en España o Argentina, como es mi caso.

Luego del cumplimiento de esas normas, cada quien era libre de hacer lo que le apeteciera. Y, realmente, todo estaba dirigido al confort y bienestar del becario y al logro de maximizar la obtención de conocimientos de la especialidad que había convocado a los asistentes latinoamericanos que allí se encontraban.

El VI Curso de Economía del Sector Público del que fui alumna, exigió, de parte de aquellos graduados que no proveníamos del campo de las Ciencias Económicas, una doble exigencia, ya que la mayoría eran avezados Contadores Públicos y Economistas. De modo que, los que como en mi caso, derivábamos de las Ciencias Sociales, y para decirlo en el más puro argot porteño, “debíamos amacarnos”, es decir, doblegar esfuerzos y dedicar una gran cantidad de horas extras nocturnas, para volver a nuestros países con una calificación de tesis sino brillante, al menos digna.

Con Gabriela Fernández de Chile y Yenori Carmona de Costa Rica, habíamos entablado una profunda amistad y las tres, pese al impedimento físico de Yenori, compartíamos estudio, charlas y algunas salidas.

A pesar de arrastrar sus muletas, yo no he conocido jamás una cara más bonita, radiante y feliz; un espíritu tan alegre y vital como el de la costarricense Yenori Carmona. Su de por sí bella carita lucía cada mañana suavemente maquillada, y nunca la vi durante ese período de otra forma que no fuera la de una mujer coqueta y que sabía explotar la belleza de sus ojos claros y de su piel transparente.

Con Gabriela establecí una relación de hermana amiga que subsiste hasta hoy a pesar de la distancia. Coincidíamos en saberes, historias familiares y sentimentales, vivencias, en intereses de algunas ramas y en objeto de estudio. Ambas compartíamos la esencia de la “españolidad”, porque su padre, fallecido, era español, y las dos sabíamos entender y comprender valores y sentimientos como ausencia, nostalgia, pérdida, desarraigo, añoranza y demás hierbas, y por eso, las dos llorábamos con sólo escuchar los primeros acordes de la canción “El abuelo” del argentino Alberto Cortez. Ella estaba ligada también a la cultura argentina y era muy conocedora de las diferentes ramas del arte argentino en general, y porteño en particular. Así que manejábamos códigos comunes como si ella hubiera vivido toda su vida en Buenos Aires y conociera su argot.

A pesar de la amistad de las tres y el hermoso vínculo creado, mi amistad más profunda era con Gabriela. Éramos compinches y confidentes. Yo la alentaba a conquistar el corazón de un catalán que no le era para nada indiferente, y ella me “ordenaba” involucrarme en un romance con el sujeto que me desvelaba y que yo creía era el hombre de mis sueños, el representante absoluto de mi Desiderátum. El sujeto en cuestión llevaba sobre otros una ventaja, un plus, que, a decir de mi psicóloga y por aquello del “edipito”, lo acercaba a mi padre: acento, ternura, virilidad, seducción, decisión, simpatía… Esos eran dones de mi padre y el sujeto también contaba con ellos, o más bien yo se los atribuí, le adorné con ese carisma. Gabriela lo denominaba “tu príncipe azul”, y esa denominación nunca me gustó, porque a Corín Tellado había dejado de leerla a los 14 años, y ya entonces tenía claro algo: que los príncipes azules destiñen, ¡y tanto! Y éste tampoco escapó a la regla.

Pero bueno, sea como fuere, uno tiene que hacerse cargo de su propia historia, de sus propias vivencias y emociones; en caso contrario, uno se traicionaría; y como dice Jacques Lacan, «la peor de las traiciones es la que se comete contra los sentimientos de uno mismo», además de ser un acto muy necio (él lo denomina canalla, en un sentido peculiar del término, aquel que niega su propia historia). De modo, que al igual que tantas y tantos compañeros viví mi propia historia sentimental. Obviamente, no es a eso (ni el caso lo ameritaría) a lo que quiero referirme.

A quien voy a referirme es un auténtico príncipe de la vida. De los que no destiñen. No se apelmazan ni se arrugan. Un personaje anónimo de Alcalá de Henares. Pero vayamos por partes. Luego de cenar, muchos becarios volvíamos a nuestros dormitorios para seguir estudiando, como en mi caso; y también para escribir largas misivas a nuestras familias y amigos. Entonces no contábamos con el recurso del e-mail. Todo era, como suelo decir, más “artesanal”, más laborioso.

Como siempre he tenido la mala suerte de que mis “próximos” en el afecto fueran fumadores compulsivos, mi amiga Gabriela también lo era. Por esa razón, a las diez y media u once de la noche, Gabriela me llamaba por teléfono para que la acompañara a comprar “puchos”, “fasos”, palabras del lunfardo porteño para denominar a los cigarrillos. Y parece que en el país de Gabriela, en argot también los llaman “fasos”. De este modo, y al grito de «¡necesito fasos, acompáñame!», yo, cerrando los libros, y haciendo no poco esfuerzo, la acompañaba a la caza de la caja contenedora de 20 cilindros infectos de los que mi amiga era tan dependiente.

Algunas veces, y de paso, aprovechábamos para tomar un café con leche con tostada de mermelada y manteca, porque convengamos que, aunque los tres platos de la cena eran suculentos, a las once de la noche y tras haber continuado estudiando volvíamos a tener apetito.

Las calles nos sorprendían absolutamente desiertas. Casi intimidatorias. Al igual que en “Venezia, rojo shocking”, las aceras oscuras y sus edificios monumentales, se me antojaban de una belleza siniestra y me parecía estar reviviendo, en ese momento, pasajes de esa película.

Sólo el edificio de la Antigua Universidad, mirando la vista atrás, recostaba su perfil bajo una luna brillante, y al verla recuperaba la sensación de protección y amparo. Como no estaba ni estoy acostumbrada a andar sola por la noche, en alguna oportunidad, confieso que sentía francamente miedo. Pero como Gabriela era un ser solidario por definición, correspondía que yo enfrentara mi temor y la acompañara, pues consideraba poco adecuado que saliera ella sola. Algún día me sentaré a pensar, cómo y por qué, el fumador empedernido necesita aprovisionarse a tales horarios de los malditos cilindritos.

Como el mes de abril se había ido con su veranito temprano, y durante mayo nos invadió una atemporal ola de frío, esas salidas nocturnas me desagradaban aún más. Así fue como en una de esas oportunidades en que debí acompañarla a regañadientes, Gabriela no encontró cigarrillos en varias máquinas expendedoras. Al preguntar, le indicaron un bar que quedaba hacia el otro lado de la ciudad, en la parte moderna de Alcalá, zona que, por supuesto, desconocíamos. Yo, resoplando de rabia, no recuerdo que sermones y teorías desgranaba en contra de los fumadores, el tabaco y el perjuicio de ser fumador pasivo, a los que mi amiga puso fin agradeciendo que la hubiese acompañado y diciéndome que ella me invitaría al café con leche y la tostada.

Habíamos abandonado las calles empedradas que rodean la Universidad, y nos encontrábamos en aceras modernas donde los tacones de mis botas resonaban en el silencio. Más que Alcalá, la ciudad parecía Londres bajo una bruma pesada. El bar indicado no aparecía ni vivo ni muerto. De todos modos, el paisaje urbano, copado cada vez más por esa bruma, me parecía bello, misterioso, atrapante, mágico. Seguíamos caminando, cuando empezamos a escuchar el sonido de una campanilla. Un ritintineo. Pero no lográbamos divisar nada hasta que, emergiendo de esa niebla, apareció arrastrando un carrito de deshechos de hierro y cacharros “la garganta al aire, el hombre más bello” que hubiéramos visto por esos días. Sus ojos claros brillaban sobre una cara que García Lorca hubiera asignado a su Antonio Vargas Heredia. Destellaba su piel como “amasada con aceituna y jazmín”. Su ropa, de tonos grises, sencilla pero pulcra y de buen gusto, resaltaban las facciones perfectas de un hombre varonil y distinguido. Quedamos impactadas ante la aparición, porque un personaje de ese tenor, solamente lo habíamos visto en alguna película o imaginado en una novela de Mark Twain. Era un príncipe. Lucía como un príncipe. Reaccionando al impacto, le preguntamos al caballero por el susodicho bar, que a esta altura, nos estaba costando encontrar tanto como al vellocino de oro. El hombre nos dijo: «Seguidme, porque yo voy justamente para allá». Lo seguimos a él y a su carrito, donde la chatarra seguía bailando su danza sonora; y, en efecto, a una calle y media estaba aquella cafetería, iluminada por un cartel con luces de neón multicolores.

Luego de la compra de sus cigarros, nos dispusimos a la ingesta del merecido premio: nuestro café con leche con tostada de mermelada y manteca. El personaje lorquiano se sentó en una mesa cercana, conversaba con el dueño del local y de vez en cuando nos dirigía algún comentario, tal como de qué país éramos, o si nos gustaba Alcalá, y qué estábamos estudiando. Gentil, caballero. Nosotras murmurábamos en voz muy baja, haciendo referencia al mutuo impacto que habíamos sentido con su aparición, y nos preguntábamos acerca de quién pudiera ser este personaje, el porqué del carrito, de la chatarra, y del porte del sujeto, que no daba ni la “la pshique del rol”, ni el “físico del rol”. Deshilvanábamos mil conjeturas. La verdad, que, como decimos acá vulgarmente, “nos hacíamos la película” con el anónimo caballero, mientras él, que al parecer era un cliente habitual del lugar, nos miraba de reojo y conversaba con el cantinero con mucha confianza.

Como era tarde, y, a pesar de lo interesante de nuestras conjeturas, nos demoramos un poco, cuando pedimos la cuenta, el dueño del local nos dijo: «Señoritas, la cuenta ya fue pagada por mi amigo”. Obviamente que nos negamos a ello, y elevamos nuestra protesta acerca de que no correspondía de ningún modo que abonara nuestra consumición y que agradecíamos su gesto… Pero en vano, el caballero sonreía desde su mesa y nos decía con su mano que nada, que ya estaba hecho. Como no me parecía justo aceptarlo, le dije enfáticamente que no, que no lo podíamos aceptar, que demasiado atento había sido con habernos conducido hasta el lugar… En fin. El caballero me cortó sonriente pero firmemente el discurso y nos espetó: “El agradecido soy yo por haber estado acompañado por dos mujeres tan guapas y agradables»; añadió que jamás aceptaba en esas situaciones un no por respuesta.

Así que entendimos que por el tono del señor en caso de no aceptar sería un desaire, o casi un agravio. Así que aceptamos y prometimos volver por ahí, pero nunca lo hicimos. De haberlo hecho, lo más probable es que como en la novela de Alejo Carpentier no hubiéramos encontrado el camino.

 

Sobre la autora:

María de los Milagros Cascallar Casal es Licenciada en Sociología y Profesora en Sociología por la Universidad Nacional de Buenos Aires. Ha realizado el doctorado en Psicología Social en la Universidad J. F. Kennedy. Cursó estudios de Posgrado y ha participado en diversos Seminarios de Investigación, muchos de ellos organizados por el Instituto Nacional de Administración Pública de España.

Entre otros puestos relevantes ha sido supervisora de Universidades y asesora del Ministerio de Educación Nacional argentino.

Es miembro de la Asociación Argentina de Antiguos Alumnos Iberoamericanos del Instituto Nacional de Administración Pública de España.