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Viernes 15 de Diciembre de 2017 14:33

EL SÁHARA : UNA EXPERIENCIA FRUSTRANTE. ( primera parte)

por Juan Alarcón Montoya
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Para incorporarme a mi nuevo puesto de Jefe del Gabinete Técnico de la Dirección General de Promoción del Sáhara tuve que ir a Personal de Presidencia del Gobierno, sito en el Palacete de Castellana, 3, donde me recibió el Subdirector de Personal, Pablo Veiga, y la Jefa del Servicio, que era otra compañera, Consuelo Crespo Aparicio, que me acogió con gran cariño, y me presentó a otro compañero, Julián Alvarez Alvarez, que pertenecía a la 3ª Promoción y que había estado en Hacienda de Toledo y después excedente y que acababa de reingresar allí, en Personal de Presidencia. Con él formalicé los documentos de mi cambio de puesto de trabajo y después me trasladé al palacete contiguo, donde me presenté al Secretario General, D. Enrique Ruiz y Gómez de Bonilla, que me asignó un despacho impresionante en la 1ª planta del chalet, dando al jardín de la C/ Alcalá Galiano, y que era uno de los mejores despachos de la Dirección. Su única pega era que estaba ocupado, ya que enfrente de mi magnífica mesa de despacho, de madera labrada, había una silla que ocupaba un veterano administrativo de origen catalán, el Sr. Pons, que no tenía nada que ver con mi trabajo y que no sé con qué motivo, si para espiarme o por dejadez, permanecía allí.

Como apoyo administrativo tenía una única persona, un auxiliar joven, muy espabilado y trabajador, llamado Mariano Galán, que después ha llegado a Jefe de Personal de las Cortes españolas y con el que yo desarrollé mis tareas, que, en principio, y mientras no tuviese que acudir a La Haya, consistían en trasladar al Sáhara la legislación española, por lo que tenía que seguir al día el BOE para adaptar la normativa a la realidad del territorio saharaui.

Al mismo tiempo, de cara al proceso de descolonización, se me encargó diseñar un plan de transición que permitiera pasar de la actual administración española a una administración por los saharauis. A esos efectos, empecé a diseñar un plan que consistía en que, durante un periodo de tiempo, a los actuales delegados de la Administración española en el territorio saharaui se les iban a unir como becarios joóvenes estudiantes saharauis, en funcion de sus estudios para cada área, y estarían allí durante el periodo de transición, durara el tiempo que durara, como delegados adjuntos, recibiendo el conocimiento y asistiendo al delegado español en la gestión del servicio en cuestión. Posteriormente, esos saharauis designados delegados adjuntos, pasarían a ser los futuros ministros del Gobierno Saharaui y contarían con un experto español por área para seguir asesorándoles en la gestión de los distintos servicios.

Con tal fín realice un análisis de los estudiantes saharauis en España para ver cuáles de ellos iban a ser elegidos como adjuntos a los distintos servicios e igualmente inicié, si bien con mucha prudencia, la búsqueda de asesores españoles que estuviesen dispuestos a desplazarse al Sáhara para convertirse en Asesores de los saharauis, en su momento, cuando estos ocupasen definitivamente los servicios, ya que los actuales delegados no servían a esos propósitos.

Para familiarizarme con el Sáhara hice un primer viaje que fué de reconocimiento del territorio y, en el mismo, recuerdo que conocí al Secretario General del Gobierno del Sáhara, Luis Rodríguez de Viguri, coronel de infantería, y también me llevaron a visitar en un helicóptero militar y siguiendo el cauce de la Saguía el Hamra, antiguo lecho de un río, la ciudad santa de Smara, sede del Santón saharaui Al Malainin, y donde visité el acuartelamiento de las Tropas Nómadas allí, que tenían piedras con grabados rupestres formando parte de las paredes de las cuadras donde tenían los animales representativos de la fauna autóctona. También me llevaron, esta vez en Land Rover, a visitar las minas de fosfatos de Bucrá y su cinta transportadora de material desde las minas hasta el "pantalan" que lo ponía en el mar abierto a bordo de los barcos. Impresionante obra de ingeniería española.

En el pabellón de empleados civiles, donde me alojé, conocí a una serie de universitarios españoles que había contratado Rodríguez de Viguri para que estudiasen y pusiesen en valor la historia, costumbres y tradiciones saharahuis y entre ellos estaba Javier Ruiz, historiador, que me presentó al nieto del Chej Malainin, que trabajaba en Correos en el Aaiún y que me invitó a tomar el té saharaui (que son tres: el primero amargo como el nacimiento, el segundo agridulce como la vida y el tercero dulce como la muerte) en su casa en el poblado saharaui en las afueras de El Aaiún, y me dió a comer carne seca de camello en una habitación que no tenía muebles sino tan sólo alfombras y esteras, y las mujeres permanecieron en otra estancia sin aparecer mientras yo estuve allí.

En junio de 1975 hice otro viaje a El Aaiún con intención de verme con el Secretario General para darle a conocer la selección de jóvenes estudiantes saharauis que había hecho, para que fuesen nombrados delegados adjuntos de los delegados españoles de los distintos servicios. A esos efectos hice escala en Las Palmas, donde me alojé en el hotel Santa Catalina. Y, dado que la Dirección tenía a una persona destinada en Las Palmas, que era Felipe Antonio Pradas Hernando (un Catedrático de Filosofía de Instituto murciano, que había trabajado en el Organismo de Fideicomisos de Naciones Unidas durante 17 años como Secretario con nivel P5 del mismo, donde se había jubilado), que, por su conocimiento de los procesos de descolonización, ya que había participado activamente en los de Nueva _Guinea-Papúa y en los de las Islas del Pacífico, había sido contratado para asesorar en el proceso de descolonización del Sáhara, para hacer el seguimiento respecto de la Misión de Visita que estaba realizando en esos meses Naciones Unidas, quedé con él en verme en un restaurante en la playa de las Canteras y, en el transcurso de la cena, llegué a la conclusión de que el Sáhara no se iba a descolonizar, sino que los Estados Unidos habían decidido, por razones geopolíticas, que se integrase en Marruecos y, por consiguiente, el proceso de descolonización no se iba llevar a cabo. Creo que mi interlocutor se dió cuenta de que yo había llegado a esa conclusión y cuando lo abandoné lo hice con miedo, mirando hacia todas las esquinas en mi regreso al hotel, dado que tenía el temor de ser eliminado y que fuese atribuido el atentado al Frente Polisario, con lo que se daría pie a interrumpir el proceso de descolonización, por el atentado sufrido por el tercer cargo de la Dirección General, por actuación de los representantes del pueblo saharaui. Hasta esa fecha, los atentados del Frente Polisario habían sido sin victimas.

Con esa sensación volé a El Aaiún y al llegar me encontré con que el Secretario General, Luis Rodríguez de Viguri, no me podía recibir, dado que al parecer padecía un cólico nefrítico y estaba en cama en su domicilio. En El Aaiún me alojé en un Pabellón para personal civil que existía en las afueras y me dieron una habitación que estaba situada en la última planta y en una esquina que caía justo debajo del montículo donde estaba enclavado el poblado saharaui, por lo _que al acostarme y comenzar a oír ruidos extraños en el techo, que lógicamente serían producto de los cambios bruscos de temperatura que se producen en esas latitudes, y pensando en las circunstancias raras que se dejaban sentir en el ambiente de El Aaiún últimamente, me llevaron a decidir que si alguien entraba en la habitación no me encontraría durmiendo plácidamente en la cama, y como había una habitación anexa con un water, allí sentado pasé la noche.

En ese alojamiento me pude apercibir de que había un personaje, de origen creo libanés, que era un agente doble, si no triple.

Mi estancia se alargaba sin que pudiese tener una entrevista con el Secretario General, que era el objetivo de la misma, por lo que al tercer día _le planteé al brigada que hacía de secretario de Rodriguez de Viguri que o este me recibía o yo regresaba a Madrid y le contaba al Director General que no había podido entrevistarme con él.

Mano de santo. A las pocas horas recibí el aviso de que el Secretario General se había reincorporado a su despacho y me recibiría. Lógicamente, despache con él, pero no le comenté nada de lo que me había planteado, y tampoco él me insistió demasiado ni me comentó que su situación respondiera a un arresto domiciliario al que le había sometido el Gobernador General, el General de División Gómez de Salazar, por discrepar de él y mantener sus tesis de apoyo a los saharauis.

Regresé a Madrid y despaché con el Director General, al que le conté sucintamente que había conseguido entrevistarme con Rodríguez de Viguri y que habíamos hablado de continuar con el proceso de descolonización, pero sin detallar mucho, a lo que me contestó que continuara con mis trabajos. Y lo que hice fué recoger todos los papeles que había preparado y las listas de estudiantes saharauis y llevármelos a casa y guardarlos y no volver a verlos hasta estos días, para evitar que hubiesen podido caer en manos de los marroquíes.

Decepcionado e indignado por la traición que se iba a cometer con el pueblo saharaui, escribí un artículo que publiqué en el boletín clandestino de Reconstrucción Socialista de Madrid con el seudónimo “Orlando furioso”, en el que denuncié la entrega del Sáhara a Marruecos por imposición de los Estados Unidos y expresé mi indignación y mi desengaño.

A partir de ahí incrementé más, si cabe, mi activismo político y sindical, en la clandestinidad, de cara a cambiar el régimen político español.

En ese verano, julio de 1975, tuve que desempeñar la responsabilidad máxima de la Dirección General por vacaciones tanto del Director como del Secretario General, y tuve que recibir los partes confidenciales del Sáhara y despacharlos con el Ministro de la Presidencia, Antonio Carro Martínez, denominado “el hombre de Cromagnon” por su característica mandíbula, que por esa época además estaba escayolado.

Continué con mi trabajo, pero ya con poca ilusión, mientras se sucedían las noticias de que, ante la previsible respuesta del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya que establecía que, antes de esos acuerdos entre España y las tribus saharauis, no existía una dependencia política de los sahararauis respecto al Sultán, en tanto que jefe político y religioso, y que en aquellos territorios nunca se había ejercido soberanía por parte del Sultán de Marruecos, este país lanzaba la denominada “Marcha Verde”, con el apoyo logístico de Estados Unidos. Ante esa situación el Gobierno español estaba dividido_: había un Grupo de intereses, representado por Solís y apoyado por los Fierro, que defendía la entrega a Marruecos, y otro representado por los militares africanistas, que se oponían a la entrega del Sáhara.

Así tuve que seguir en mi puesto de la Dirección General de Promoción del Sáhara, viendo cómo se consumaba la entrega a Marruecos, coincidente con la larga agonía del Dictador y la incertidumbre por el futuro de España.

Mi trabajo, lógicamente, fué disminuyendo y se concretó en preparar los expedientes de las solicitudes de indemnización de los particulares y los pequeños comerciantes, que nunca se podían completar porque no conseguían aportar las necesarias facturas, cosa que sí hacían las empresas más importantes. Hecho que incrementaba mi frustración.


Ultima modificacion el Viernes 15 de Diciembre de 2017 14:44
Juan Alarcón Montoya

Juan Alarcón Montoya

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