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Martes 07 de Septiembre de 2010 13:31

Libros para el otoño: hojas de Canadá.

por Ana C.López
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Ahora que se avecina el otoño y se empieza a revelar nuestro deseo de ver árboles perdiendo clorofila y ganando colores rojizos, no hay nada mejor que girar la memoria hacia un país como Canadá, donde los arces se transformarán en gloriosos mantos de hojas de fuego, puntuales, a partir del jueves 23 de septiembre de 2010, cuando, según el convenio astronómico, comenzará el otoño en el hemisferio norte.

 

Pero este país americano no sólo ha de recordarnos el esplendor de los arces o el sirope, carísimo, que se elabora con su savia.

 

Si alguien me dice Canadá, me traslado a las historias que pare el frío que allí habita, por encima del paralelo 45. Historias con forma de barroca novela de urbanitas ateridos, desastrados con afán de éxito en el mundo de la restauración, tentados por figuras demoníacas, rodeados de extraños amigos como menores de edad alcoholizados, gatos despeluchados y libros con recetas para hacer jabón con esencia de limón.

 

 

 

Este inolvidable universo del que os hablo lo creó Yves Beauchemin en su obra Gatuperios (Alianza Editorial, 1989) (Le Matou, en el original en francés de Quebec) que sólo he podido encontrar en Bibliotecas Públicas. Es una joya que en su día fue traducida al español por María Teresa Gallego Urrutia (Premio Nacional a la Obra de un Traductor (Ministerio de Cultura) 2008)  en colaboración con María Isabel Reverte Cejudo. Una buena traducción marca la diferencia.

 

 

Otra historia hija de las nevadas canadienses es la contenida en ese pozo de infancia oscura, en el que los adultos no son capaces de intuir más que sombras, contado por Margaret Atwood (Príncipe de Asturias de las Letras 2008) en su libro Ojo de gato (Ediciones B, 2002).

 

 

Ojo de gato sabe a hielo sucio, a colección de canicas celosamente custodiada, a sangre que nos hacía la gravilla en las rodillas al aprender a ir en bicicleta, a la sangre que se nos podía llegar a quemar, lentamente, por el influjo de todas las amistades infantiles con las que nos hemos hecho daño. Las distintas capas, tiempos y sensaciones volcadas en la narración, el descubrimiento de los velos del pasado infantil, como cataratas, el sabor en la lengua de una atmósfera de maldad infantil, son algunas de las bazas de Margaret Atwood, capaz de describir lo secreto, lo que pensamos que sólo nosotras mismas habíamos vivido, sin el amparo de los adultos.

 

Alice Munro, también canadiense, tiene otros poderes distintos a los de Margaret Atwood. Sus relatos breves suelen tratar de las relaciones entre miembros de familias, vecinos de pequeñas ciudades canadienses, suelen ser relatos sobre momentos de epifanía en la vida de una mujer, pero sin olvidar nunca la red que se teje alrededor y dentro de cada existencia.

 

 

Su escritura es sencilla, no como la de Yves Beauchemin, con recovecos y vértigo urbano,  no como la de Margaret Atwood, onírica a veces, con detalles de arenisca en el ojo, de entraña, de sensación. Su superpoder radica en la impronta que dejan sus historias que, con el paso del tiempo van ganando cuerpo en la memoria y se recuerdan motivos, el lector regurgita escenas pasados los años, y se recuperan imágenes. Me ha ocurrido esto con el primero de los relatos de Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (RBA, 2009), y con la  historia de la bibliotecaria del libro de cuentos cortos Secretos a voces (RBA, 2008).

 

No es posible hablar de Canadá sin recomendar la lectura voraz de las trilogías de Robertson Davies, que descanse en paz, publicadas en España por la editorial Libros del Asteroide:  la Trilogía Deptford, mi favorita, integrada por: El quinto en discordia, Mantícora y El mundo de los prodigios ; y  la Trilogía Cornish: Ángeles rebeldes, Lo que arraiga en el hueso y La lira de Orfeo.

 

Robertson Davies derrochó durante su vida un talento desmesurado. Sus obra es una obra maestra llena de inteligente crítica social, de conocimientos sobre lo divino y lo humano. En su afán por desentrañar el porqué de la vida de sus personajes, patentó, de algún modo, un método peculiar para lograrlo y, así, iluminarnos. Además, lucía una perfecta barba blanca.

 

 

El otoño de este año 2010 durará 89 días y 20 horas. Aprovechémoslas acercándonos a la savia literaria de estos cuatro canadienses y magníficos contadores de historias: Beauchemin, Atwood, Munro y Davies.

 

Que ustedes los disfruten.

 

A. C. L.

 

Ultima modificacion el Martes 07 de Septiembre de 2010 13:43
Ana C.López

Ana C.López

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2 comentarios

  • Enlace comentario Nash Lunes 11 de Julio de 2011 06:11 Publicado por Nash

    Gee wiliklers, that’s such a great post!

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  • Enlace comentario Cloe Sábado 11 de Septiembre de 2010 19:34 Publicado por Cloe

    Enhorabuena Ana C. López
    Es buena tu sección que visito por primera vez.
    Tus informaciones ya me han sugerido nuevos libros. De momento Y. Beauchemin y su libro será mi primera opción. Además, parace sugerir un "hermoso" camino con su apellido.
    Caminos que también tu trazas con tu selección y comentarios.

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