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Miércoles 09 de Abril de 2014 09:50

3- La meseta del Colorado y los parques nacionales en torno al Moab

por Manager
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El domingo 1 de julio ya estoy despierto a las 5 de la mañana debido de nuevo, sin duda, al desfase horario. Tras tomar el desayuno al estilo americano –tortitas con jarabe de arce y abundante café aguado-, proseguimos nuestro viaje.

 

 

De camino a Moab

 

Al poco de salir de Glenwood Springs por la interestatal 70 (las carreteras así designadas suelen ser autopistas que atraviesan más de un estado) el paisaje empezó a cambiar; el verdor se amortiguó paulatinamente y la vegetación empezó a parecerse cada vez más a la del norte de Castilla. En Grand Jonction, ya cerca de la frontera con Utah, repostamos en una gasolinera; la sequedad de la atmósfera y el intenso calor de las regiones semidesérticas se hacían ya palpables. A partir de entonces, avanzamos por una carretera cuya línea recta se perdía en el horizonte y que discurría paralela a la vía del ferrocarril y al río Colorado, a estas alturas de color achocolatado, terroso, pero siempre con mucha corriente. Los convoyes ferroviarios con los que nos cruzamos eran larguísimos; tres locomotoras tiran por lo general de decenas de vagones de mercancías, formando convoyes de bastante más de un kilómetro de longitud. El paisaje se torna por momentos monótono, árido, con predominio del color blancuzco propio del yeso calcáreo, avanzándose por una inmensa y desolada planicie. Los pueblos son cada vez más pequeños y distan más entre sí. Al llegar a una localidad apenas visible desde el coche llamada Cisco optamos por tomar una carretera secundaria que se dirigía hacia el sur paralela al río. El Colorado, cuyo curso que habíamos seguido de forma intermitente casi desde su nacimiento en el parque de las Rocosas, volvió a aparecer en nuestro horizonte inmediato.

 

 

 

Nos encontramos en plena meseta del Colorado (la Colorado plateau), una vasta superficie de cerca de 180.000 kilómetros cuadrados (un tercio del total de la España penínsular) que se extiende por el oeste de Colorado, el sur de Utah, el noroeste de Nuevo México y el norte de Arizona, con una altura media de 1.500 a 2.200 metros, en la que la erosión causada por los ríos, el viento y la lluvia en la piedra arenisca ha dejado su impronta en los cañones, formaciones características de la región. Durante cerca de 70 kilómetros avanzamos por un territorio despoblado en el que las fuerzas de la naturaleza han dejado una indeleble impronta en el paisaje que se divisa formado por macizos de arenisca recortados de las más caprichosas maneras: mesas, montículos, pináculos, etc., formaciones rocosas que en adelante veríamos repetirse en los vastos secarrales de Utah y Arizona. Es uno de esos paisajes característicos del Oeste americano, el del territorio semidesértico con una orografía sumamente original. El impetuoso río Colorado serpentea entre aquel árido valle bordeado por elevaciones insólitas, de formas casi artísticas, y al este, allá a lo lejos, se divisan unas cumbres nevadas; ello no hizo sino que nuestras miradas se sumieran en un mágico estupor ante semejantes panorámicas. Pero aquello no era más  que  el  aperitivo  de  lo  que nos esperaba, pues ante nosotros teníamos al principal culpable de aquel   prodigioso   espectáculo:   el río  Colorado  fluyendo  impetuoso o  encalmado  por  momentos,  un río al que seguiríamos durante un buen  trecho  en  nuestra  incursión por tierras del otrora Lejano Oeste. Al salir del valle, el río se dirige hacia el oeste, dejando a un lado Moab,  pequeña  localidad  célebre por el turismo de aventura: rafting, excursiones en todoterreno y a caballo, barranquismo, etc. Gracias al agua del Colorado, el pueblo, enclavado en un extenso valle, tiene amplias zonas verdes y tierras de cultivo. La carretera, o calle principal, que atraviesa Moab de norte a sur está llena de moteles, agencias de turismo de aventura, supermercados, gasolineras, tiendas de minerales, pizzerías, hamburgueserías, etc. Hace un calor seco y en el motel en que nos alojamos, regentado por una joven pareja, nos dicen que es el final de la temporada alta, pues en invierno hace un frío intenso y en verano el calor es sofocante, llegándose con frecuencia a los 40 grados.

 

 

 

Grandes formaciones rocosas por todo el parque

 

Moab, a 1.300 metros de altitud y con una población cercana a los 8.000 habitantes, está cerca de nuestros dos próximos destinos –los parques nacionales de Arches y Canyonlands-, así que decidimos hacer de la localidad nuestro centro de operaciones. Además, no hay ningún otro núcleo habitado en decenas de millas a la redonda. Es como un oasis gracias a las aguas del río Colorado, que bordea la localidad por el norte. El Arches National Park está a pocos kilómetros del pueblo en dirección norte. Pasada la caseta de entrada, está el habitual centro de visitantes en el que puede conseguirse toda clase de información sobre el parque. Como es poco más de mediodía y el sol cae a plomo sobre la zona, nos quedamos a comer unos suculentos bocadillos mixtos acompañados de una ensalada en la única zona arbolada que se veía. Al poco tiempo, nos vemos invadidos por un tropel de turistas franceses de la tercera edad que viajan en autocar. En el curso del viaje, veríamos muchos europeos (sobre todo, nórdicos, alemanes, franceses, italianos y holandeses; apenas españoles, tan sólo alguna que otra pareja) recorriendo los parques nacionales del Oeste americano, debido sin duda a la baja cotización actual del dólar que, por una vez, hace que no resulte caro viajar por EE.UU., sobre todo si se evitan las grandes urbes. La verdad es que los moteles no son caros y se encuentran por doquier, la gasolina es entre un 40 y un 50 por ciento más barata que en Europa pese a haberse encarecido bastante últimamente y una comida normal no es mucho más cara que en un restaurante de medio pelo en casa. Estamos viajando con un presupuesto rayano en los cien dólares al día, lo que sería de todo punto impensable en el continente europeo. Por otro lado, la gente con la que nos encontramos es amable, los servicios son buenos y abundantes, la naturaleza tiene una singularidad y una belleza extraordinarias, y de momento el calor es soportable.

 

 

 

Balanced Arch

 

El Parque de Arches tiene más de dos mil arcos naturales abiertos en la roca, desde el más pequeño de apenas un metro hasta los 90 metros del Landscape Arch. Los arcos o ventanas son formaciones rocosas que tienen su explicación en múltiples factores: las temperaturas extremas (grandes diferencias entre el día y la noche, entre una estación y otra), las fuerzas de la naturaleza (el agua, el hielo, el viento), la frágil piedra arenisca, los movimientos de las capas de sal en el subsuelo, etc. El conjunto de esos factores ha producido una erosión única que da lugar a estructuras rocosas singulares; asimismo, debido a la presión de los estratos superiores y a la degradación de la arenisca, el interior de las paredes se vacía poco a poco haciendo que surjan los caprichosos arcos.

 

 

A la entrada del parque hay grandes formaciones rocosas que recuerdan estructuras arquitectónicas como los imponentes farallones de Park Avenue y las Torres de la Audiencia o el Órgano, que me traen a la memoria las singulares composiciones rocosas que hace unos años vi en el Parque Nacional de Ichigualasto, en las cercanías de La Rioja argentina. Más adelante, pueden verse unas dunas petrificadas de color calcáreo y algunas formaciones rocosas haciendo gala de un frágil equilibrio (una base grande y alta de color rojizo, un estrecho cuello blancuzco formado por la capa de sal y, a modo de remate, una roca redonda y de grandes proporciones). Hay, pues, farallones cortados abruptamente, rocas que hacen gala de un sutil equilibrio, pináculos, espirales, agujas y toda suerte de estructuras rocosas que recuerdan grandes edificios, órganos musicales, ballenas, tortugas u otros animales. La Ciudad Encantada de Cuenca, con sus extravagantes morfologías de piedra caliza, sería una muestra a escala muy reducida de cuanto puede verse aquí. Pero son sobre todo los arcos -en especial el solitario Delicate Arch, situado al borde de un cañón circular- los que atraen la atención del visitante del parque.

 

Landscape Arch

 

La vegetación es rala, escasa, salvo en algunas zonas resguardadas, y todo el espacio que se divisa tiene el tono rojizo propio de la piedra arenisca. Al fondo puede verse la cordillera de La Sal, llamada así porque los primeros europeos que avistaron estas tierras, los españoles, no podían creer que el blanco que cubría las  montañas  –que  llegan  a  alcanzar 4.000 metros de altura- fuera nieve dado el calor reinante en la zona.

 

 

Arco doble

 

El hombre blanco  llegó  a  la  región  a  principios del siglo XIX buscando minerales que pudieran proporcionarle      la ansiada riqueza,  pero  sólo  en  las  postrimerías de dicho siglo se asentó en el lugar el primer colono blanco, un tal John W. Powel, veterano inválido de la Guerra Civil que vivió junto con su hijo en una pequeña  cabaña  de  madera  cercana  a Delicate Arch y que se dedicó a criar y apacentar ganado.

 

 

Pero mucho antes vivieron  aquí  al  parecer  los  llamados pueblos ancestrales o anasazi, a los que nos referiremos más adelante al hablar de Mesa Verde National Park, si bien no  dejaron  vestigio  alguno. Después vinieron los indios ute, que sobrevivieron en   este   árido   paisaje   semidesértico cazando animales, recolectando plantas silvestres y tallando las piedras para hacer utensilios y armas. Como testimonio de su paso por el lugar dejaron algunos petroglifos en la roca. En total, la carretera se adentra en el parque unos 25 kilómetros siguiendo el eje norte-sur; además, hay unos seis kilómetros más en los dos caminos laterales que llevan al Jardín del Edén (en donde hay varios arcos de factura primorosa, si es que ello puede decirse de las obras esculpidas por la propia naturaleza) y al Delicate Arch..

 

 

El Parque de Arches se levanta sobre una cuenca de sal subterránea, la cual fue depositada en la meseta del Colorado hace millones de años cuando el mar cubría por completo la región, si bien en el transcurso del tiempo el agua se evaporó. La sal quedó cubierta por los residuos que arrastraba el agua y éstos se comprimieron hasta formar la piedra arenisca. Comoquiera que la sal es un elemento inestable, las capas de arenisca fueron sobrealzadas formando bóvedas y oquedades. Con posterioridad, al introducirse el agua y el hielo en las grietas abiertas en la roca, la piedra se fue fragmentando y adquiriendo la forma que le daba el viento. El resultado de esa labor de zapa efectuada por el agua y el viento en el curso del tiempo es que unas rocas se quebraron y otras sobrevivieron formando los arcos, que por presión de los lados laterales han perdido parte del núcleo central. Esa erosión propiciada por la climatología hace que  mientras unos arcos se destruyen otros se estén formando, creándose así un paisaje que cambia de forma paulatina. La sucesión de arcos que puede verse es vertiginosa: arcos dobles, arcos majestuosos, arcos robustos, arcos frágiles, arcos larguísimos que parecen estar a punto de quebrarse, arcos en forma de bóveda o de torre, etc. Pero hay uno que sobresale entre los demás, el Delicate Arch, un arco que se ha convertido en el símbolo de Utah (aparece en las placas de los automóviles de dicho estado) y que se erige en solitario,  con la silueta perfilada en medio de un vasto espacio al borde de un cañón circular. Es un arco original, como tallado por la mano de un escultor, un arco que aúna al máximo belleza y fragilidad, un arco con vocación de modelo, que parece estar posando y que se deja fotografiar por sus innumerables admiradores, que vienen, sobre todo al atardecer, a rendirle pleitesía, a presenciar cómo los últimos rayos de sol pasan por su oquedad, dando al rojo ocre de la arenisca un lustre especial, como si lo hiciera gravitar a orillas del abismo que se abre a sus pies. Ese primer día tan sólo pudimos verlo de lejos, en la distancia, con el cañón circular por medio, pero decenas y decenas de peregrinos o adoradores se acercan a él todos los atardeceres para gozar del prodigioso espectáculo. Contemplar en silencio, en comunión con la naturaleza, Delicate Arch a la luz del crepúsculo vespertino es un deleite inigualable para los sentidos. Uno de esos incomparables espectáculos que la naturaleza nos brinda de forma gratuita.

 

 

Mesa Arch

 

Vista desde Island in the Sky

 

Al  día  siguiente,  2  de  junio,  nos  dirigimos  temprano  a Canyonlands National Park, a unos 70  kilómetros al noroeste de Moab. En el camino, paralelo en ocasiones al curso del Colorado, no vimos ni un solo pueblo o aldea. En la zona central del parque confluyen las aguas de los ríos Green y Colorado, tomando luego el nombre de este último, si bien el río Green, que nace en Wyoming, es el doble de largo –casi 900 kilómetros- que el Colorado hasta ese punto. Es una meseta desolada, yerma, hendida profundamente por el curso de dichos ríos. Desde la parte superior, la gran mesa Island in the Sky (isla en el cielo, en español), se ven las grietas que han dejado en la meseta inferior los dos ríos, cuyas aguas discurren por el fondo del cañón; parece como si una zarpa gigantesca hubiera rasgado la tierra agitándose con violencia a derecha e izquierda y dejando en los bordes la blancuzca huella de la sal. Las corrientes fluviales han erosionado la meseta de piedra arenisca, creando toda suerte de formaciones rocosas. Desde la meseta en que nos encontramos –la parte que se ha sobrealzado debido a la presión estructural de los diferentes estratos de piedra-, puede verse el nivel inferior la meseta, unos 400 metros más abajo; ésta, a su vez, está resquebrajada por los ríos que han horadado los sinuosos cañones entre los que discurre impetuosamente la corriente fluvial 300 metros por debajo. En el punto inferior, pues el desnivel es de unos 700 metros respecto de la mesa.

 

 

Servicio de rangers

 

El parque tiene tres zonas bien diferenciadas: la mencionada mesa, Maze y Needles (laberinto y agujas, en español), de las que sólo visitamos la primera, Island in the Sky. La línea que marca la divisoria de las distintas zonas viene dada por la confluencia, en la parte central, de los ríos Green y Colorado. El parque fue creado en fecha relativamente reciente, a mediados de los años sesenta; hasta entonces, sólo indios ute, vaqueros, exploradores de ríos y buscadores de minerales se habían atrevido a hollar la zona, lo cual no tiene nada de extraño pues en ella apenas hay vegetación ni vida animal y el abundante caudal de los ríos discurre al fondo de los cañones, por unas profundidades casi insondables. Es un territorio inabarcable, desolado, salvaje, de una belleza singular, en el que apenas ha dejado su huella la mano del hombre. Es la naturaleza en estado prístino, agreste, dura a la vez que hermosa. A centenares de metros por debajo de la mesa central en que nos encontramos se ven enormes circos a los que se desciende  por estrechos caminos que serpentean por las abruptas cortadas y por los que sólo pueden circular conductores temerarios al volante de vehículos todoterreno.

 

 

Mirador desde Island in the Sky

 

No hay una sola sombra en el horizonte y hace mucho calor. Apenas hay nadie visitando el parque. Las vistas que se divisan desde la mesa son impresionantes; una naturaleza implacable, desolada pese a su belleza, un paisaje yermo que se pierde en un horizonte lejano. Los diferentes matices de rojo de la arenisca bajo el cenit solar lo impregnan todo. La plataforma inferior es una meseta de caliza calcárea llamada White Rim (en lo que a cañones se refiere, el rim o borde marca el límite de la meseta que ha sufrido la erosión; en este caso es blanco porque el estrato de sal ha aflorado a la superficie). Y al fondo del todo está el cauce de los ríos, impenetrable y prácticamente invisible, que discurre entre las estrechas paredes del cañón del Colorado. Al este, se divisan las níveas cumbres de la cordillera de la Sal. Hacia 1870, como ya he dicho, John W. Powell, un veterano de la Guerra Civil que descendía en barca por los ríos de la zona, decidió asentarse con su hijo en la región, en concreto en lo que hoy es el parque nacional de Arches, que reúne mejores condiciones para la subsistencia que Canyonlands, pese a no tener apenas agua. Es una región extraña, de una belleza y desolación únicas, de dimensiones gigantescas, en la que la vista se pierde en el horizonte brutalmente rasgado por las hendiduras blancuzcas de los cañones. En adelante, siempre asociaré la desolación a espacios inmensos como éste y el californiano Valle de la Muerte.

 

Ascendiendo desde la meseta

 

Saturados de las vistas panorámicas que podíamos divisar a ambos lados de la mesa en que nos encontrábamos, decidimos descender al nivel inferior, situado a unos 400 metros por debajo de nosotros. El sendero discurría en zigzag por una escarpada pared expuesta a la implacable radiación solar a esas horas centrales del día. Al llegar a la meseta inferior, se extendía ante nosotros una llanura desolada, quebrada por algún que otro montículo y calcinada por los rayos solares. No había protección alguna contra el astro rey y proseguir por aquel páramo achicharrado hubiera sido una auténtica temeridad, así que optamos por descansar un rato en la exigua sombra de una grieta abierta en la roca, beber agua en abundancia, ingerir algún alimento para reponer fuerzas y volver sobre nuestros pasos para remontar el arduo y empinado sendero. En apenas dos horas de marcha yo tenía los labios agrietados, la piel enrojecida pese a la crema protectora y no me saciaba de beber agua. Una vez arriba, emprendimos el camino de regreso y, en sucesivas paradas, pudimos ver otros parajes del parque con formaciones rocosas como la Ballena y la Cúpula sobrealzada, -que más parece un cráter a causa de la erosión experimentada-, el precioso Table Arch, imponentes paredes rocosas de color rojizo y ocre del circo inferior, prodigiosas hendiduras trazadas por el curso de los ríos, etc. Lo mejor del parque es, sin duda y no me cansaré de repetirlo, esa sensación de inmensidad y desolación en la que los elementos climatológicos (el agua, el viento, el sol, el hielo) han dejado una profunda huella en tres niveles distintos. Desde luego, no me agradaría nada perderme en un lugar como  Canyonlands.

 

 

En el camino de regreso a Moab nos detuvimos en el Parque Nacional de Arches para intentar ver de cerca el Delicate Arch al atardecer. El día anterior no pudimos aparcar el coche en el estacionamiento más próximo al arco porque estaba a rebosar, así que nos tuvimos que conformar con verlo de lejos. Para llegar hasta él hay que ascender por un sendero de 2,5 kilómetros de moderada dificultad que a veces se confunde con la roca viva, por el que continuamente se ve gen- te circulando. Pero al atardecer casi todo el mundo sube para contemplar la impresionante puesta de sol que se ve desde la plataforma donde se levanta el arco. Parece que fueran adoradores de un culto esotérico que quisieran captar ese instante de suma belleza en que los últimos rayos sola- res del crepúsculo entran por el vano que deja el frágil arco. Ya arriba, hay una especie de vasto anfiteatro desde el que puede verse el artístico arco que se erige en solitario para disfrute de todos los espectadores de la función diaria.

 

Subiendo a Delicate Arch

 

Parece frágil, como si estuviera a punto de quebrarse (¡ojalá no lo haga!), posando enorgullecido para que sus numerosos admiradores le fotografíen en el cenit de su esplendor, al borde del abismo que se abre a sus pies, como si quisiera desafiar todas las reglas de la naturaleza y decirnos: “Aquí me tenéis, a solas, y, como bien podéis comprobar, soy el más bello de los centenares de arcos que hay en el parque. Soy realmente único”. Mientras tanto, sus adoradores lo contemplan extasiados en medio de un silencio sepulcral sólo quebrado por algún que otro susurro de admiración y el clic de las cámaras analógicas. Desde luego, el esfuerzo que representan los cinco kilómetros del camino de ida y vuelta bien valen esos instantes de comunión con una naturaleza tan prodigiosa. Hay algo de mágico, de místico, en esa con- fluencia crepuscular entre el delicado arco y los rayos solares. Es como captar lo inasible, como el “dar a la caza alcance” de San Juan de la Cruz. Es un instante único que no dudo recordaré toda mi vida.

 

 

Delicate Arch

 

Para el día siguiente, 3 de junio, habíamos contratado un descenso en rafting por el río Colorado con una agencia de deportes de aventura de Moab. Salimos unas 15 personas en uno de esos añejos autobuses que antaño se dedicaban al transporte escolar y nos adentramos unos 30 kilómetros en el interior del cañón por el que habíamos transitado dos días atrás. Haríamos dos descensos por el río, de media docena de kilómetros cada uno aproximadamente, con parada para tomar una comida campestre en la orilla. El coste de toda la actividad, picnic incluido, ascendía a la bagatela de 43 dólares. Casi todos los participantes éramos europeos (un grupo de jóvenes belgas, una pareja de holandeses y nosotros cuatro) y nos repartimos en dos grandes botes neumáticos. El jefe de la expedición era un tipo cincuentón curtido en todo tipo de recorridos aventura por este territorio del salvaje Oeste; era de contextura fuerte y tenía la piel tan bronceada que difícilmente se podía distinguir cuál era su color original. Podía verse que disfrutaba de su trabajo y, dando muestras de una locuacidad e ingenio sin par, nos fue contando durante el camino todo lo concerniente a la historia del lugar, a las singulares características del paisaje y al turbulento río. Éste, de color achocolatado (¡qué diferencia de las aguas verdes del Rhin o de los ríos suizos!), discurría por momentos encalmado y otros se transformaba en impetuosos rápidos. Compartíamos el bote con una pareja de homosexuales holandeses y con el remero, un veinteañero de Sal Lake City de fornidos brazos e intelecto no excesivamente dotado, por decirlo de la mejor manera. En puridad, no se trataba de una actividad de rafting propiamente dicha, pues nosotros no remábamos, es decir, no participábamos activamente en el descenso. En esta época del año el río tiene un abundante caudal a causa del deshielo, pues había nevado mucho en invierno y, en consecuencia, hay menos corrientes en la superficie y menos rápidos.

 

Preparando una jornada fluvial

 

Al principio el bote discurría por aguas encalmadas, pero en ocasiones (poco más de media docena en total) se adentraba en un rápido, siendo levantado por el ímpetu de las aguas que, formando pequeñas olas, entraban soliviantadas en su interior. En esos momentos, bien aferrados todos a las cuerdas del bote y con las ropas húmedas por las salpicaduras del agua, la experiencia cobraba todo su significado. A mediodía, en medio de un calor relativamente soportable, nos detuvimos en una orilla para comer: mexicones (ensalada variada profusamente sazonada con queso rallado hasta formar un engrudo alimenticio envuel- to en tortillas de trigo en forma de cono de helado) y fruta abundante, todo ello regado con una limonada.

 

Descendiendo por el Colorado

 

El avezado guía era a la vez naturalista, historiador, cocinero, cuentacuentos y cuanto fuera menester con tal de mantenernos entretenidos; un auténtico animador social además de aventurero, y a fuer de ser sincero confieso que consiguió plenamente su objetivo.

 

Atrapados en un rápido

 

Si bien en ningún momento llegamos a sentir riesgo, al menos disfrutamos de la experiencia de avanzar por el caudaloso río por aquellos parajes entre cañones abiertos, con algunas mesas y montículos en segundo plano y, allá al fondo, las cumbres nevadas de la cordillera de la Sal. Por la tarde, tras embarcar una joven regordeta y simpática mormona junto con su hijo en sustitución de los dos holandeses, proseguimos el descenso sumiéndonos de cuando en cuando en las aguas turbulentas de un rápido para volver enseguida a aguas encalmadas, por lo que no puede decirse que el río Colorado nos mostrara su cara más temible.

 

"Mexicones" y otras viandas

 

De regreso a Moab, cogimos el coche y, por territorio de- solado, paralelo a las lindes de Canyonlands, nos dirigimos hacia el sur, pasando por Monticello y regresando al vértice inferior del estado de Colorado. Ya en él, el paisaje varía bastante: las vastas extensiones desoladas de arenisca dejan paso a bosques de coníferas y praderas en las que podían verse vacas paciendo. Próximos a nuestro destino, vimos desde la carretera cómo encerraban en los corrales un rebaño de centenares de vacas, arreadas sobre todo por jóvenes y atractivas vaqueras a caballo. A la entrada de Cortez, a unos 15 kilómetros del Parque Nacional de Mesa Verde, nos paramos ante un gran letrero con luces de neón que anunciaba un motel (el empleado era un indio de Bombay, que nos pidió por dos habitaciones dobles la bagatela de 100 dólares). Luego veríamos que el pueblo estaba literalmente sembrado de moteles, seguramente por su proximidad al Parque de Mesa Verde.

 

Restaurante al puro estilo country

 

Cenamos requetebién en un delicioso restaurante-cervecería especializado en carne -yo me tomé un T-bone steak al estilo de Kansas con abundante guarnición-, como correspondía a aquel territorio de vastas praderas. Por vez primera nos cargaron un 15 por ciento en concepto de gratuity o servicio (lo normal en EE.UU. es dar ostentosas propinas –alrededor  del 10%- en consonancia con el importe de la cuenta, pero dejando siempre la magnanimidad a discreción del cliente), algo que se repetiría con cierta frecuencia a partir de entonces. Junto a nuestra mesa había una pareja con dos niñas chinas adoptadas que no paraban de juguetear. Por otro lado, tenían todo tipo de cervezas de elaboración local: de trigo, con más o menos lúpulo, maltas, tostadas, etc., que suelen ser más ricas que las banales marcas habituales tan poco consistentes y que tanto dinero se gastan en mercadotecnia.

 

Ultima modificacion el Jueves 10 de Abril de 2014 08:46
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