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Lunes 31 de Marzo de 2014 11:38

2- Denver y las Montañas Rocosas

por Manager
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Denver se levanta en el extremo de una inmensa planicie junto a las estribaciones de las Montañas Rocosas, cuyas cumbres se erigen majestuosas en este punto con alturas que superan los 4.000 metros. El aeropuerto de Denver también es muy grande (bueno, como casi todo en este país, por eso deben creerse el pueblo bendecido por Dios, ese peculiar God bless America). Los equipajes tardan esta vez en salir por la cinta transportadora, pero finalmente los avistamos... salvo el de Pilar para no pequeña consternación nuestra. Justo cuando vamos a presentar una reclamación en un mostrador contiguo a la cinta, nos dan la agradable sorpresa de que la bolsa de Pilar –casi tan grande como ella- ha aparecido entre los equipajes que se creían perdidos.

 

 

A la salida de la terminal del aeropuerto vemos que hay varios autobuses de compañías de alquiler de coches y nos montamos en uno de Enterprise, en la que Fernando había medio reservado previamente un vehículo por Internet. Las oficinas de las distintas compañías están a unos tres o cuatro kilómetros de allí, una detrás de otra (Hertz, Avis, Budget, National...) con sus gigantescos estacionamientos... y por lo menos habrá una decena de ellas. La nuestra, seguramente por ser pequeña, es de las últimas. Fernando había reservado, pero sin dar el número de la tarjeta, un coche por un precio que nos pareció bastante módico. Ahora bien, al importe diario del alquiler hay que sumar el del seguro (que en EE.UU. representa tanto o más que el alquiler) y el debido por entregar el vehículo en un lugar distinto del de recogida (en San Francisco preveíamos). Pero, por desgracia, la compañía Enterprise no contempla semejante eventualidad; los coches que alquila deben entregarse en el mismo estado, en Colorado pues, o de lo contrario hay que pagar un cuantioso recargo, casi tanto como el importe del alquiler.

 

 

 

Hyundai Santa Fe alquiladp en Dollar

 

Frustrados, regresamos a la terminal en el autobús de la empresa y volvimos a iniciar la ronda de información en los mostradores de las compañías de alquiler de vehículos del aeropuerto, donde tie- nen unos servicios mínimos que informan y, sobre todo, derivan a los potenciales clientes. Al final, optamos por Dollar -que, curiosamente, estaba junto a Enterprise-, por lo que hu- bimos de recorrer de nuevo los más de tres kilómetros que mediaban hasta los macroestacionamientos de las distintas compañías. Tras discutir un rato con un empleado de color, comprobamos que el precio del alquiler cambiaba en fun- ción de un montón de variables y de la manga más o menos ancha que tuviera nuestro interlocutor. Después de haber- nos pedido cerca de 6.000 dólares en la primera compañía, conseguimos en Do- llar un contrato de alquiler para 25 días, con entrega del vehículo en San Fran- cisco, por unos 1.950 dólares, seguro con franquicia incluido y sin limitación de kilometraje. Los mil dólares de que nos hablara inicialmente Fernando se habían convertido, pues, en casi dos mil; pero, tras las largas discusiones y los consiguientes momentos de angustiosa zozobra,  la cifra acabó por parecernos un  precio  bastante  razonable.  Cuando vimos el coche nos quedamos perplejos; era un vehículo enorme en el que cabían no me- nos de ocho personas, a todas luces excesivo para nosotros cuatro. Ante semejante exceso de volumen, volvimos para reclamar un coche más pequeño que se adaptara mejor a nuestras necesidades. Nuestro interlocutor habitual, un joven  gordinflón de modales suaves y hablar pausado, se mostró solícito y comprensivo y nos entregó las llaves de un Hyundai bastante amplio y prácticamente nuevo (tan sólo mar- caba mil millas el cuentakilómetros).

 

 

Centro urbano de Denver 

 

Ya anochecido, enfilamos camino hacia Au- rora, una ciudad prácticamente anexa a Den- ver, a unos 30 kilómetros del aeropuerto. La autopista está perfectamente señalizada y nos orientamos bastante bien hasta las inmedia- ciones del hotel, pero en algún momento debi- mos perdernos pues el único establecimiento hotelero que había en la zona se llamaba Red Lyon y no Radisson, que tal era el nombre del que habíamos reservado. Tras dar varias in- fructuosas vueltas en el intento de localizarlo, entré a preguntar en el mencionado hotel y, para sorpresa mía, me dijeron que hacía dos días que habían cambiado de nombre, que hasta entonces se llamaba Radisson. La verdad es que había que ser un auténtico sabueso para localizarlo bajo el nuevo nombre. Al ir a registrarnos, advertimos que faltaba de nuevo la bolsa de Pilar (ella creía que Fernando la había metido en el maletero, y éste lo contrario, claro). ¡Oh, maldición! Tras no pocos esfuerzos por ponernos en contacto telefónico con la oficina de Dollar en el aeropuerto, al final conseguimos que nos confirmaran que habíamos dejado olvidada allí la bolsa.  Había que regresar, pues, al aeropuerto, pero como a esas horas estábamos demasiado fatigados tras una jornada interminable (aunque tan sólo eran las 10 de la noche, para nosotros eran ocho horas más tarde debido al jet lag o desfase aéreo), lo poster- gamos para el día siguiente.

 

Casi todo es demasiado grande en América

 

El hotel Red Lyon es grande y su estado de conservación, un tanto deficiente. Al menos, el precio no nos pareció alto en comparación con los que rigen en España. Voy a compartir habitación con Manolo, quien será mi compañero más frecuente a lo largo del viaje. Me alegro porque Manolo es un tipo sose- gado y bastante creativo, sobre todo con la cámara entre las manos; el pobre se ha imbuido de que su absoluto desconocimiento del inglés es una barrera infranqueable para comunicarse con los demás. La habitación es amplia, con dos camas matrimoniales (de las llamadas queen size, como por doquier), aunque el mobiliario y la moqueta dejan algo que desear. El cuarto de baño tiene los sanitarios (ba- ñera, inodoro, lavabo; en EE.UU. el bidet se consi- dera una reliquia del pasado) muy bajos, algo que sería una constante en la mayoría de los hoteles en que nos alojamos durante el viaje. La pastilla de jabón es grande, al igual que el papel higiéni- co y todo lo demás. Definitivamente, estamos en América donde todo tiene otras dimensiones, por lo general más grandes. Sigo un debate en la CNN sobre la resolución de las primarias demócratas en Florida y Michigan, donde no hubo votación por adelantarse las fechas sin previa autorización del partido. Al pa- recer, se van a repartir equitati- vamente los compromisarios, lo que favorece al candidato Oba- ma, que cada vez está más cerca de la designación. La verdad es que el país precisa un cambio generacional y de mentalidad. Por cierto, la Convención del Partido Demócrata tendrá lugar en esta ciudad a finales de agos- to. Por lo demás, la oferta de ca- nales es impresionante, pero por más que aprieto el mando sólo veo imágenes sin interés de TV local, programas basura o publi- cidad a raudales.

 

 

Tráfico intenso pero sin los típicos atascos de las grandes urbes

 

Esa primera noche duermo regular pese al cansancio que arrastro. Me desperté a las 4 (mediodía en España) y luego tardé en volver a conciliar el sueño, consecuencia sin duda del maldito desfase aéreo. A las 8 de la mañana estábamos todos en el salón para el desayuno, un bufet sin pena ni gloria; eso sí, como estamos en EE.UU. uno puede tomar todo el café -aguado, claro- que le venga en gana. Regresamos por el consabido camino a la oficina de Dollar en el aeropuerto para recoger la bolsa de Pilar. Al oeste se divisa la cordillera de las Rocosas, con las cumbres coronadas de nieve. De regreso a Denver, no para- mos de dar vueltas y más vueltas por las autopistas interestatales 25 y 70, que circunvalan la ciudad por el este y el norte, en nuestro intento de llegar a un gran establecimiento de artículos deportivos llamado REI en el que, al parecer, Pilar quiere comprar algo. Las pocas veces que preguntamos en las estaciones de servicio en que nos paramos por el lugar no hacen sino confundirnos: que si aquí, que si allá, que si vaya Vd. a saber dónde... Al final, por una autopista que atraviesa el centro llegamos a la zona sur de la ciudad, donde antiguamente se encontraban los almacenes del ferrocarril, medio dedicado hoy día casi en exclusiva al transporte de mercancías en las grandes distancias. El establecimiento está en uno de los mayores depósitos que hay junto a las vías del ferrocarril. Construido a base de ladrillo y con imponentes vigas de hierro (se ha vaciado gran parte del interior), el local se ha rehabilitado con un gusto realmente exquisito. Es un espacio magnífico, con grandes paredes artificiales en la zona central para practicar la escalada. Desde luego, jamás había visto un almacén de artículos deportivos tan maravillosamente montado, pues aparte de estar bien surtido y documentado,  el personal siempre está dispuesto a aten- der al cliente. Por desgracia, los precios apenas difieren de los de España pese a las indiscutibles ventajas del cambio ac- tual de nuestra divisa. Junto al edificio, rodeado de un jardín de aspecto silves- tre, discurre un río en el que se han crea- do artificialmente unos rápidos por los que se arriesgan a adentrarse piragüistas en canoas y kayaks. Todo, pues, muy ecológico, como corresponde a Denver, capital del deporte de riesgo y aventura. 

 

Arquitectura futurista

 

Luego, visitamos el centro, casi desierto de gente el sábado al mediodía: el Capitolio estatal, el distrito financiero con sus rascacielos, un parque, alguna que otra iglesia...

 

 

 

 

De denver hacia las Montañas Rocosas

 

Regresamos al entramado de autopistas en torno a Denver para dirigirnos al primer destino de nuestro recorrido: Rocky Mountain National Park, a unos 100 kilómetros en dirección noroeste. A medida que dejamos la llanura y nos adentramos en la región montañosa la naturaleza se va mostrando más feraz, con bosques cada vez más frondosos y especies arbóreas más altas. Atravesamos la localidad de Boulder –a rebosar de hoteles, restaurantes y tiendas para los turistas- y ascendemos por la carretera hasta llegar a la entrada de Estes Park. En el parque hay varias cumbres con más de 4.000 metros, acercándose la más alta, Longs Peak, a 4.400 metros (apenas unas decenas de metros menos que el Mount Whitney, en la Sierra Nevada de California, que es la montaña más alta del país, exceptuando Alaska). La entrada cuesta 20 dólares por vehículo y es válida para una semana, pero, como pudimos comprobar más adelante, vale la pena adquirir un pase anual en cuanto se visiten más de cuatro parques. A semejanza de casi todos los parques que visitamos, a la entrada hay un centro de visitantes, o visitors center, en el que puede encontrarse toda clase de información sobre la fauna y la flora del parque, además de la geología y los ecosistemas, libros, artículos de recuerdo, etc. Varios guardas de parques o rangers, concienzudamente entregados a su tarea, dan toda suerte de explicaciones a los visitantes que les requieren.

 

La zona estuvo habitada en otro tiempo por los indios ute (o pueblo de la montaña) que llevaban una vida nómada y se dedicaban a la caza de ganado y a recolectar plantas silvestres. A principios del siglo XIX llegaron a la región los primeros hombres blancos para explotar la piel de los castores, hasta que un cambio de gustos del mercado a mediados de siglo hizo que ésta dejara de demandarse y perdiera gran parte de su valor. Por entonces aparecieron los primeros buscadores de oro (coincide en la fecha con la fiebre del oro de California), que, si bien no consiguieron enriquecerse debido a la escasez de mineral aurífero, acabaron instalándose en la zona para explotar otros minerales como el plomo y el cobre. Tras ellos vinieron los cazadores y ganaderos para satisfacer la creciente demanda de carne por parte de la población. A finales de siglo, un astuto emprendedor se lanzó a construir cabañas para ponerlas a disposición de los cazadores y de un incipiente turismo que, ya por entonces, quería disfrutar de la naturaleza en todo su esplendor.

 

 

 

Las Montañas Rocosas se extienden desde Alaska hasta México, más de 4.000 kilómetros de cordillera que en este punto alcanza su máxima altitud (casi 4.400 metros, como hemos dicho). El parque se creó en 1915, un año antes de que el Congreso crease el Servicio de Parques Nacionales (la labor desarrollada unos años antes por el presidente Theodore Roosevelt, un enamorado de la naturaleza en estado salvaje, fue decisiva al respecto), para evitar que la zona más privilegiada de la cordillera fuera explotada por los madereros y los ganaderos. Años después, se abrió una carretera que atravesaba el parque por algunas de sus zonas más altas con el fin de que los visitantes pudieran disfrutar de los paisajes alpinos. A la entrada del parque hay bosques de pinos ponderosa, abetos, álamos y abedules, así como praderas en donde otrora había glaciares y por las que discurren arroyos. En el camino nos cruzamos con pequeños grupos de alces y ciervos. Los árboles son imponentes alcanzando hasta 50 metros de altura, y el lecho del bosque está cubierto de arbustos y flores silvestres allá donde llegan los rayos solares.

 

 

Mirador en la subida a Rocky Mountain

 

La carretera va serpenteando y a medida que se asciende, entre los 2.800 y 3.400 metros aproximada- mente, predominan los abetos. Ya en el límite de la línea de vegetación alpina, los árboles se retuercen y crecen en horizontal, casi paralelos al terreno, a consecuencia de los embates del viento y la nieve procedentes de la desolada tundra. La carretera sigue subiendo y se hace presente la nieve por doquier; las máquinas quitanieves han dejado auténticas murallas de hasta cuatro metros de altura en los arcenes. Es el territorio de la tundra, donde ya no hay árboles debido a las extremas condiciones climatológicas y sólo sobreviven pequeñas plantas. Cerca de la máxima altura de la carretera (3.713 metros) hay un centro de visitantes alpino en donde, por medio de grandes paneles, se explican los diferentes ecosiste- mas del parque. Algunas cabañas que hacen las veces de almacén están literalmente cubiertas de nieve, pero la verdad es que no hace demasiado frío pues hoy luce un sol radiante. Desde las zonas altas de la carretera –la Trail Ridge Road- se divisan prodigiosas vistas tanto si se mira hacia arriba, a las cumbres, como hacia abajo, a las morrenas de glaciares y vastas praderas de un color verde esmeralda. Lo mejor del parque es que en los cerca de 100 

kilómetros de carretera que lo circundan por el norte y el oeste puede verse toda clase de ecosistemas y climas, con una vegetación bien diferenciada.

 

 

 

 Ciervos en libertad.

 

Según sea la dirección en que discu- rren las aguas, los ríos fluyen hacia la cuenca  del  Pacífico (así,  el  Colorado con sus 2.300 kilómetros de longitud) o hacia el Golfo de México. El parque es un auténtico vergel por su frondoso arbolado y vastas praderas, con una fauna diversificada (además de alces y ciervos, hay osos, coyotes, ardillas  y toda clase de aves), por lo que no es extraño que cada año sea visitado por más de tres millones de personas que, por lo general, tienen sumo cuidado en no dañar sus ecosistemas. Y por lo que he podido comprobar en el curso de los años, los americanos sienten un enorme respeto por su naturaleza, que en mu- chos casos se mantiene prácticamente intacta y en estado salvaje. Posiblemen- te pueda atribuirse ello a factores tan diversos como la inmensidad del país, la increíble diversidad de los territorios, la concentración de la población en de- terminadas regiones, etc., pero no cabe duda de que la naturaleza virgen ha sido siempre  un  componente  esencial  del alma americana, como ya la cantara el bardo Walt Whitman en Leaves of grass (Hojas de hierba).

 

 

La carretera supera los 3.700 metros de altitud

 

Al salir del parque por Grand Lake, continuamos descendiendo un buen trecho y, a partir de Kremling (el pueblo donde ejercía su profesión Ernest Ceriani, el médico rural sobre el que hizo un excelente reportaje fotográfico W. Eugene Smith en 1948 para la revista Life), cerca de la renombrada estación de esquí de Vail, intentamos encontrar un alojamiento para pasar la noche. Pero es sábado y el valle por el que avanzamos es una zona turística, lo que hace que en todos los moteles en los que intentamos preguntar cuelgue el cartel de “No vacancies” (completo, en español). Finalmente, a las 10 de la noche, en una localidad llamada Glenwood Springs, encontramos dos habitaciones dobles por 150 dólares en un motel regentado por una madura y simpática viuda polaca de cabellos dorados, que tras escaparse del régimen de Gomulka en los años sesenta consiguió entrar en EE.UU. por Chicago y hacer, a la postre, una pequeña fortuna gracias al turismo en las Montañas Rocosas.

 

 

Grandes farallones de nieve y carteles explicativos al borde de la carretera

 

Cenamos en un restaurante mexicano que había cruzando la carretera; yo, un gran plato de fajitas regadas con cerveza Coronita. Ya en el motel, vemos en la televisión la noticia de que, tal como se preveía, finalmente Hillary Clinton se retira de la carrera para la designación del candidato demócrata a la presidencia. Menos mal, pues la desmedida ambición –unida, probablemente, a una no menor inteligencia y al intento de emular a su marido- de esta ya resabiada y archiconocida mujer, le había hecho creer que era el candidato insustituible por su impecable currículo  y que jamás podría vencerla un rival de color café con leche, sin mayor experiencia que un mandato en el Senado –fue elegido por el estado de Illinois en 2004- y 16 años menor que ella (claro que esto también puede suponer una ventaja; depende, por lo general, del electorado y del momento, aunque el pueblo americano es más bien conservador al respecto, no como el español).

Ultima modificacion el Lunes 31 de Marzo de 2014 12:04
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