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Martes 08 de Enero de 2013 11:18

REGALOS

por Juan Pedro Escanilla
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Con las cajas de juguetes encima de los zapatos, las alegrías de los más, las sorpresas de algunos y las decepciones de los menos, se acaba la temporada de regalos más intensa del año. Por mal que vayan las cosas, es difícil privarse del placer de regalar algo a las personas queridas. De forma que, incluso en estas navidades sin extra, en las tiendas proliferan los envoltorios con lacitos y los tickets regalos, esa odiosa costumbre que implica una cierta inseguridad en tus criterios.

Cuando yo era pequeño los regalos venían casi exclusivamente con los reyes. Apenas algo por el día del Santo (que se celebraba más que el cumpleaños) y raramente (solo en las reválidas) como premio a un curso sin suspensos ya que se suponía que eso era la norma, no como ahora.

Con el tiempo, y con el viento en las velas de las campañas de marketing, se han ido incrementando las ocasiones de hacer regalos en base a conmemoraciones selectivas: día de la madre, del padre, de los enamorados… seguro que me dejo alguna.

Pero está claro que el gran momento de los regalos (y de los grandes almacenes, claro) se alcanza en esa época de límites relativamente elásticos que seguimos llamando navidad.

La pugna entre los Reyes, amos tradicionales del cotarro, y Papa Noel o sus derivaciones, incluido el Olentxero, hace tiempo que se decantó por una solución salomónica: vienen ambos y, por si fuera poco, en Bélgica tenemos también a San Nicolás. Sin olvidar que los más laicos regalan (también) en añoviejo.

Así que no es difícil que en ese batiburrillo de fechas, familiares y amigos íntimos, la profusión de regalos devalúe la calidad y sobre todo el gusto, para regocijo de las páginas de internet especializadas en subastas, dónde parece que acaba recalando un porcentaje importante de los que se hacen en estas fechas.

La solución a tanta confusión viene de la práctica, habitual desde hace algún tiempo en familias grandes, empresas o grupos de amigos, del llamado amigo invisible, práctica por la que uno se ahorra el recibir (y dar) una importante cantidad de objetos inservibles y se concentra en obsequiar a una persona, escogida al azar y que, en teoría, no sabe de donde proviene el regalo.

Ser amigo invisible no es tarea fácil: si el elegido/a es persona a la que aprecias especialmente, tienes que esforzarte en encontrar algo chic y distinguido sin sobrepasar el límite de lo que sería presuntuoso y ofensivo para con los que se atienen al gasto preestablecido. Por el contrario, si te cae en suerte (es un decir) alguien que te cae francamente mal, es importante no dejarlo traslucir con regalos que nosotros mismos tiraríamos a la basura. También hay que resistir, por las consecuencias domésticas y/o laborales que la cosa podría tener, la tentación de regalar una fusta al jefe de personal, la edición facsímil del “Cours nouveau” de Trotsky al cuñado facha o un picardías a la chica de contabilidad (Si, la de los vaqueros ajustados)

Porque al final todo se sabe. Yo pienso que en esto del amigo invisible el anonimato debería ser esencial porque la economía del sistema consiste no en una suma de regalos individuales sino en regalos que todos hacen a todos. También por la pequeña magia del misterio. Pero entre los bocazas que empiezan a cantar apenas se abre su paquete y los sabuesos que no sueltan la presa hasta que han dado con el hueso aunque no sea más que por exclusión, es imposible quedarse agazapado.

Parece que los niños que fuimos hemos olvidado la lección de que cuando descubrimos quienes son de verdad los reyes, entonces empiezan a traernos calcetines y calzoncillos, que diría Forges.

Feliz año a tod@s.

Juan Pedro Escanilla

Juan Pedro Escanilla

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