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Sábado 08 de Diciembre de 2012 20:34

CAVA

por Juan Pedro Escanilla
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Nihil novum sub sole. Hace ya unos años, por motivos que seguramente he olvidado, se desató una campaña de boicot contra los productos catalanes similar a la que algunos están promoviendo ahora, sin que les haya calmado el relativo meneo que las urnas le han metido a Artur Mas. Cómo es difícil determinar, en el entramado de participaciones cruzadas, lugares de producción, sedes y otras cosas, que productos son totalmente catalanes y cuáles no, parece que solo se está seguro de acertar si se va a tiro hecho contra algún producto emblemáticamente catalán. Descartado el paño de Tarrasa, un poco de capa caída (no es un juego de palabras) y difícil de reconocer para un profano, no queda más chivo expiatorio que el cava.

Así que aquellas navidades, alguien de cuyo nombre prefiero no acordarme, aprovechándose de que le tocó organizarla, propuso que siguiéramos el boicot en nuestra cena familiar (más de cuarenta personas) de nochevieja. Curándome en salud, me hice por mi cuenta con unas botellas de cava para los más allegados y creo que acerté porque cómo el sujeto no tenía los medios de sus ambiciones, el resultado fue un champán comprado a precio de cava y, dada la superioridad del cava en la relación calidad precio, el brebaje que nos propuso era simple y llanamente imbebible. Ni que decir tiene que mi parte de la mesa fue la más visitada aquella noche dándome ese momento de gloria a que cada uno tenemos derecho.

El cava es una obra maestra. No hablo solo de las burbujas, que es algo obvio. Es también la demostración de cómo un sector, que vivía anquilosado a la sombra de la etiqueta "champagne" supo reaccionar al monopolio legal que impuso la denominación de origen y, en pocos años hacerse, a base de trabajo y calidad, un nombre propio con el que hoy es reconocido en todo el mundo. Y la mayor parte de ese mundo lo considera un producto típico español como el turrón, la paella de arroz o el jamón de pata negra. Hay muchas regiones en España que producen cava pero el cava catalán lleva la delantera, tanto en cantidad como en calidad como en reconocimiento del mercado.

No sé qué nobles propósitos puedan mover a los fanáticos del boicot que les lleven a preferir un mal vino antes que comprar un producto catalán. También supongo que ignoran que en el complejo entramado social y económico que es España, hay capitales no catalanes invertidos en un sector que, por otra parte, compra corcho cristal y maquinarias a otras regiones. Qué más da. Lo importante es hacer el bocazas en alguna tertulia, sea virtual o de café.

No creo que con esa actitud vayan a conseguir un acercamiento ni la simpatía de nadie. Antes bien, la ruptura metódica de los lazos económicos y sociales conseguirá únicamente radicalizar a unos y a otros y romper las muchas simpatías que, a pesar de todo existen entre catalanes y el resto de los españoles. Aunque quizás sea eso lo que pretendan, de forma que el adjetivo separatista o secesionista debería aplicarse también a ellos y, si en algún momento esto fuera un delito, que espero que no, ya saben los guripas a los primeros que tienen que llevarse a comisaría.

Yo, por mi parte, por si las moscas, y a pesar de que el sujeto de que hablaba despareció de la familia sin pena ni gloria, he vuelto a hacerme con mi reserva de cava que espero consumir durante estas fiestas. A menos que alguien se me presente con un par de botellas de, pongamos, un Dom Perignon de 2004 o, más modestamente un Cuvée Rosée brut de Laurent Perrier, en cuyo caso estoy dispuesto a beberme mis principios. Lo digo por dar ideas.

Juan Pedro Escanilla

Juan Pedro Escanilla

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