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Jueves 29 de Noviembre de 2012 22:41

EL PERDON

por Juan Pedro Escanilla
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Parece que está de moda pedir perdón. En un arrebato de sentimiento de culpabilidad, el anterior Papa pidió perdón a un montón de gente, incluido Giordano Bruno a quien, cuatrocientos años después de haber sido quemado, la cosa habrá dejado bastante frio. No deja de sorprenderme la cantidad de gente que, creyéndose la encarnación de cualquier institución, se cree obligada a pedir perdón por cosas que ellos no hicieron y que pasaron hace tiempo. Sobre todo porque esas mismas personas no se avergüenzan lo más mínimo de hacer ahora otras también reprobables y no se les ocurre pedir perdón cuando interesa. Por ejemplo, pedir perdón por no dejar usar preservativos para prevenir el SIDA.

Sea como sea, parece que lo de pedir perdón tiene buena prensa: Uno demuestra que es humilde, que sabe reconocer sus errores, etc. Etc. Vamos, que va uno de buen rollito. En ese ambiente, la iniciativa de unos cuantos militantes del PSOE pidiendo perdón a los españoles por las equivocaciones del gobierno Zapatero tiene un a priori positivo que se gana las simpatías de propios y extraños. Sin embargo, no sé, hay algo que chirria un poco. Como un exceso de moralina.

Vamos a ver. La política tiene sus reglas: Un gobierno hace las cosas como le parece bien, en el contexto de su mandato y adaptándose a las circunstancias. Se puede equivocar, puede no saber adaptarse bien y puede incluso que haga cosas distintas a las que prometió. Para resolver eso hay mecanismos políticos y legales y en última instancia, las elecciones. El caso de Zapatero es de libro: No supo gestionar la crisis, ni siquiera prever su magnitud; Dio las respuestas equivocadas y el PSOE fue castigado en las elecciones siguientes (y las siguientes y las siguientes and so on). Pero no estamos ante comportamientos criminales o pecaminosos que merezcan un reproche moral, que es el ámbito en el que se plantea el perdón. Lo que tiene que hacer un partido en ese caso es recapacitar sobre lo que se ha hecho mal, revisar su proyecto y captar el sentir de la sociedad para sintonizar con sus necesidades y sus objetivos. Dar un mensaje creíble que permita hacer pensar a la gente que votándolos las cosas irán mejor. Lo que se llamaba autocritica. Mientras eso no se haga, ya se puede pedir perdón todas las veces que se quiera que aunque el mismísimo Rubalcaba se vista de nazareno, se seguirán perdiendo elecciones.

Por otra parte, en el follón en que estamos metidos, me parece bastante claro que las responsabilidades no recaen únicamente del lado del Gobierno Zapatero, que las tiene. Una declaración de este tipo, por amable que pueda parecer, corre el riesgo de exculpar no solo a los que, con ánimo de lucro, tuvieron actuaciones rayanas en lo delictivo y en todo caso muy reprobables moralmente, sino también a los que escudados en las “culpas” del gobierno anterior están desmontando sin que les tiemble la mano todos los derechos adquiridos durante generaciones: Para que culpar a nadie más si ya tenemos a quien carga con la cruz.

Y en todo caso, si una declaración de ese tipo debiera ser hecha, es algo de tanto calado que su contenido y calendario deberían ser cuidadosamente estudiados por los que están democráticamente habilitados para hacerlo, el secretario general y al ejecutiva federal, y no por espontáneos aunque vayan de buena fe.

No creo que estos militantes que se dedican a pedir perdón por cosas que ellos directamente no han hecho, ignoren lo que acabo de decir así que, salvando siempre la buena fe, pienso que hay otros efectos posibles de la maniobra:

Una mujer entra en un vagón de metro. Todos los asientos están ocupados y, al principio nadie se mueve hasta que un señor mayor le cede su sitio. Al hacerlo está siendo cortés y cívico, pero al mismo tiempo está reprochando en silencio su comportamiento al chaval joven de al lado que todos los viajeros piensan ahora que debería ser el primero en haberse ofrecido.

El hecho de que un puñado de afiliados, que no son quien para hablar en nombre del PSOE, y que ellos mismos no están implicados en el gobierno anterior (al menos los que dan la cara) no puede sino interpretarse como una manera de poner en dificultades a órganos democráticamente elegidos, aprovechando la mayoría ajustada con que se saldó el último congreso. Se quiera o no, se señala con el dedo y se crea una amalgama fácil en las conciencias: es normal que pierdan las elecciones porque son tan soberbios que no se dignan pedir perdón. Mientras esos estén ahí, no se podrá hacer borrón y cuenta nueva.

Por desgracia las cosas no son tan simples: Ni los que puedan sacar partido de esta operación están libres de responsabilidad, ni es tan obvio que el borrón y cuenta nueva vaya en el sentido que se puede pretender a simple vista. Y la prueba a contrario es que hemos visto triunfar en elecciones a personas imputadas y sospechosas a las que nunca se les ha pasado por la cabeza ni siquiera explicarse, no ya pedir disculpas. La política es así y tal vez haríamos mejor en preguntarnos qué hacemos con un sistema electoral que permite que esto pase, antes que andarnos con moralinas.

Así que, majetes, no os preocupéis, que yo os perdono. Y ahora a trabajar que, como dicen que dijo D’Ors, los experimentos se hacen con gaseosa.

Juan Pedro Escanilla

Juan Pedro Escanilla

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