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Jueves 18 de Octubre de 2012 15:51

INDEPENDENCIA

por Juan Pedro Escanilla
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Cada día, en algún aeropuerto, andén de estación e incluso muelle en un puerto, hay algún joven con sus trastos en una mochila y su diploma universitario en un bolsillo que se separa de España para buscar cielos más clementes.

Están cansados de contratos basura, o de ningún contrato, de encadenar diplomas con el señuelo de que con más formación tendrán más posibilidades, de vivir en casa de sus padres, de miradas mitad compasión mitad reproche, de pensar en los sacrificios propios, en los de su familia, de la imposibilidad de formar un hogar.

No hacen declaraciones en la tele, ni grandes manifestaciones. No evocan pasados bucólicos y felices ni pactos, fueros o derechos históricos, reales o fabulados. No hacen ningún pronunciamiento solemne de independencia. Simplemente, se van.

Seguramente muchos de ellos han sido convenientemente evangelizados y españolizados: Les han enseñado la historia de verdad, esa en la que el Cid no fue mercenario de un rey musulmán, en la que los Reyes Católicos unieron España y en la que a Miguel Servet lo quemaron por descubrir la circulación de la sangre. En casa, en el cole, en la tele, les han contado que somos los mejores, que nuestra forma de vida es envidiada por los alemanes y los suecos, que nuestra selección es la mejor del mundo.  Pero se van.  Quizás todo eso haga más difícil la ruptura: se les encogerá el corazón con las lágrimas de la hermana pequeña. Se engañarán diciéndose que será sólo un par de años y harán el firme propósito de llamar o mandar un mail a los amigos y a los padres cada día. Después de todo, el Facebook permite estar en contacto permanente con todo el mundo y hasta la abuela tiene un perfil.

Creo que ya he recomendado en alguna ocasión el magnífico trabajo de A. O. Hirschmann, “Exit, Voice, and Loyalty: Responses to Decline in Firms, Organizations, and States.” (1970. Harvard University Press), donde tipifica tres modelos de respuestas a los disfuncionamientos de organizaciones e instituciones. Hay gente que responde con una lealtad casi ritualista: Forman parte de esa mayoría silenciosa de la que le gusta presumir a cualquier gobierno ignorante  de que su silencio no implica menos decepción.  Otros manifiestan su indignación más o menos ruidosamente y se la juegan. Otros, sin más historias, abandonan.

No sé qué maldición tiene esta tierra nuestra que cada cierto tiempo necesita expulsar a sus hijos ya sea por razones políticas, religiosas o económicas. Tampoco sé por qué tenemos que escuchar a todas horas aquello de que unidos somos más, hacemos mejor las cosas, o somos más fuertes mientras la gente se va por falta de expectativas.

No parece que hagan nada por retener este goteo constante de pequeñas declaraciones de independencia, más o menos voluntarias, que se llevan no solo los sacrificios y medios invertidos para formarlos sino también una parte muy importante de nuestras posibilidades de recuperación. Nadie enarbola la Constitución para conseguir que se queden ni nadie parece que se dé cuenta del daño que esta sangría nos hace a todos.

Porque si a los que están formados se les deja ir y a los que podrían formarse se les impide entrar a la universidad con tasas prohibitivas y recortes en todos los capítulos. ¿Con qué hilos se tejerá nuestro futuro?

Juan Pedro Escanilla

Juan Pedro Escanilla

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1 comentario

  • Enlace comentario RAUL ZORITA DIAZ Viernes 19 de Octubre de 2012 11:25 Publicado por RAUL ZORITA DIAZ

    triste,pienso que la constante historica de nuestro país ha sido la exclusión

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