Jueves 11 de Agosto de 2011 11:26

61. Comienza la datación en la moneda española

por Ernesto Gutiérrez Guinea
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FIGURA 61.1

Con esta entrada comenzamos a introducirnos en el mundo de la llamada en terminología española “Moneda Macuquina” denominada en términos anglosajones “Cobs”. A poco que hayamos ojeado catálogos de subastas, buceado en mercadillos domingueros de sellos y monedas de nuestra ciudad o leído libros de historia sobre la dinastía de los Austrias españoles que incluyan fotografías, habremos tropezado con unas monedas de forma irregular, con apariencia de haber sido recortadas y en las que gran parte de su superficie aparece con defectos muy notorios de acuñación, como sobreimpresiones o zonas en las que no existe ningún tipo de impresión, aunque el aspecto general de la moneda no presente demasiados signos de circulación.
Si ya hemos guardado o coleccionado otro tipo de monedas, sean antiguas o modernas, ya en un primer contacto con las Macuquinas, tendremos la impresión de que se trata de otro tipo de monedas completamente diferente. Es muy posible que ese momento evoquemos imágenes de fotografías publicadas en periodos o revistas de carácter general dentro de artículos en los que se nos da la noticia de un hallazgo encontrado en algún galeón, frecuentemente español, que fue hundido en los siglos XVI, XVII o XVIII, bien en batalla con barcos enemigos o bien a consecuencia de una tormenta. El articulo probablemente incluirá fotografías de monedas Macuquinas (preferíblemente de oro, si las revistas se editan en color) que normalmente no proceden del hallazgo, sino de otras fuentes que mas o menos pueden coincidir con las monedas que se vayan a recuperar del barco hundido.

                                          

FIGURA 61.2


De esta manera, al ver la imagen de una moneda Macuquina ya podemos evocar todos los componentes de las aventuras que tanto nos emocionaron cuando éramos mas jóvenes; si lo seguimos siendo aún, las diferentes entregas de la popular serie Piratas del Caribe y si ya no somos jóvenes, las piruetas de Errol Flinn o Rock Hudson comandando una nave en medio de una tempestad. Es en este sentido, en el que podemos comparar el poder evocador de los Sestercios al que tanto nos hemos referido en las 60 primeras entradas del Blog “El Valor de las Monedas” que venimos publicando en Administraciondigital.com, con el de las monedas Macuquinas.
En ambos casos al tener un Sestercio o una moneda Macuquina en las manos, estamos entrando en contacto con el numerario emitido por la potencia dominante durante varios siglos: de 200 A.C a 400 D.C en el casos de los Sestercios romanos y de 1500 D.C. a 1700 D.C. en el caso de las Macuquinas españolas. Estas monedas, los Sestercios y las Macuquinas, no solo fueron un instrumento de cambio y el vehículo del comercio dentro del Imperio Romano y el Imperio Español, sino que por el prestigio incorporado al Poder que los emitía, constituyen signos monetarios aceptados por la práctica totalidad del mundo civilizado, en la misma medida en que lo fue la Libra de 1800 a 1918, el Dólar desde 1918 o el Euro a partir de 2002 en los países de la Unión Europea.
Otra característica común que precisamente es la que nos ha hecho comenzar nuestro recogido al mundo de las monedas, por ella, es que cada una de las piezas que nos ha llegado a las manos, es un ejemplar único e irrepetible, sea un Sestercio o una Macuquina. Esta característica procede del procedimiento de acuñación que al basarse en un grabado manual de la contrafigura del relieve de la moneda en un soporte metálico que llamamos cuño (elaborado en una aleación metálica de mayor dureza que la de los cospeles sobre los que el cuño va a golpear) en el que un sistema de martilleado, utilizando dos cuños, uno para el anverso y otro para el reverso, produce la impresión del diseño que se desea sobre las dos caras de cada cospel, acuñándose así las dos superficie de la moneda, al mismo tiempo.
Por los procedimientos de acuñación de la época, tanto la del Imperio Romano para los Sestercios como los del Imperio Español para las Macuquinas, no resultaba posible el proporcionar un relieve determinado al canto de la moneda, por lo si bien la complejidad del diseño de las caras, prevenía en cierta medida la falsificación, sin embargo no quedaba impedida la posibilidad de limado de los bordes que no tenía un objetivo claro en los Sestercios, pero que podía proporcionar un beneficio económico al que lo realizara, en el caso de las Macuquinas, ya que la mayor parte de ellas (salvo las emisiones en blanco expresadas en maravedís) estaba emitida en oro o plata de una ley comprendida entre 24 y 21 quilates.
Esta necesidad de utilizar cierta tecnología para deducir si las monedas Macuquinas estaban acuñadas con la proporción de plata y peso establecidos en las diferentes Células y Pragmáticas que regulaban su acuñación, fue la causa de que a lo largo de los siglos XVI y XVII, los Consejos que ejercían el gobierno efectivo en la Monarquía Española tratarán de implantar procedimientos de acuñación que ofrecieran garantías de autenticidad a las monedas, sin necesidad de pesar y ensayar su contenido en metal noble, en la manera en que otras Monarquías nacionales como la Francesa desde 1642 (Ecus y divisores, de Luis XIII), o la Inglesa desde 1662 ( Coronas y divisores, de Carlos II).
Esto no fue posible, no por falta de tecnología sino por la enorme diferencia en cuanto a la cantidad de metal (plata especialmente) disponible para la acuñación. Para corroborar este aserto basta comparar las cifras de la producción anual americana de plata, estimada por Humbolt en unos 10 millones de onzas, con las dedicadas a la acuñación en el resto de los países conocidos que juntas todas ellas no llegaban a sobrepasar 2 millones de onzas a lo largo del siglo VXII, lo que viene a significar un tiraje medio de varios millones de piezas para una Casa de Moneda americana, como Méjico o Potosí, frente a varias decenas de miles de ejemplares de monedas de gran tamaño (de 32 a 25 gramos) acuñadas por las casas de Moneda de Paris o Londres.
Para exportar la plata, primero a España y después a Europa, en gran medida para el pago de los gastos militares que sostenían el Imperio, era necesario quintarla (pago de los derechos de señoreaje equivalentes a un quinto de la producción) y después acuñarla (con el pago de 1,5% aproximadamente, en concepto de gastos de producción), por lo que las autoridades coloniales no podían permitirse disminuir el rendimiento de las Cecas de debían ser capaces de acuñar la totalidad del metal que produjeran las minas, centradas especialmente en Méjico y Potosí, y esta producción masiva en lugar tan alejado de la metrópoli solo podía obtenerse con procedimientos como la estampación a martillo que permitía que muchos operarios trabajaran a la vez en la acuñación al no ser necesarias las grandes inversiones que hubiera requerido la instalación de un equipamiento centralizado.
La excepción a este principio lo constituye la instalación en 1592 en el llamado “Ingenio” en Segovia de maquinas de estampación a rodillos movidos a molino utilizando la energía hidráulica proporcionada por el discurrir del rio Eresma, que comenzó a emitir moneda en 1586. Merced a este procedimiento, los cospeles o discos de metal sometidos a un proceso de calentamiento similar al empleado en la acuñación a martillo, eran introducidos entre dos rodillos sobre cuya superficie se había grabado la contrafigura del diseño de la moneda a emitir; en uno de ellos el anverso y en el otro el reverso de las piezas. Lógicamente, de este modo la calidad de impresión de la moneda era extraordinariamente elevada, al nivel de los Thalers alemanes y austriacos producidos por este mismo procedimiento en Cecas como la muy famosa de Hall en el Tirol. Hemos creído conveniente mencionar este tipo de monedas por ser coetáneas de las Macuquinas producidas por las Cecas peninsulares, aunque al no tratarse de monedas Macuquinas, no nos ocuparemos por el momento de ellas.
Hemos decidido empezar a realizar la descripción de los métodos de valoración de las monedas Macuquinas por aquellas que pueden ser datadas, es decir de las que puede conocerse, en principio, el año en que fueron acuñadas, a través de la fecha que figura en el anverso o reverso de ellas, junto con la identificación de la Ceca y el nombre del Ensayador que comprobó la bondad de la aleación empleada en la acuñación.
Dentro de esta exigencia, se procederá en primer lugar a analizar las emisiones mas comunes, es decir aquellas que nos han proporcionado una mayor cantidad de ejemplares supervivientes que podamos identificar y, en su caso adquirir por un precio razonable, ya que al igual que ocurre con los Sestercios el único procedimiento que puede evitar el pagar altos sobreprecios que acaben alejándonos de esta afición es el comenzar comprando ejemplares abundantes, tales que podamos encontrarlos con facilidad en tiendas, mercadillos, y ventas públicas y adquirirlos a un precio relativamente bajo, aún antes de adentrarnos en un conocimiento mas afinado de la debida relación entre precio y calidad para cada tipo de pieza, lo que solo conseguiremos con la lectura de la necesaria bibliografía, y la experiencia que da el manejo de ejemplares reales de piezas y la comparación entre precios y conservaciones que para un ejemplar determinado nos proporcionen distintos comerciantes.
Es por ello por lo que hemos elegido comenzar con el análisis de las piezas peninsulares (emitidas en Cecas de la península) fechadas de 4 Reales, cuyo precio es aproximadamente, a igualdad de conservación, tres veces menor que el de las piezas de similar Ceca, Ensayador y fecha de 8 Reales, permitiéndonos de esta manera el tener un cierto conocimiento de las peculiaridades de la moneda Macuquina antes de analizar las piezas de 8 Reales o Pesos, lo que constituye el objeto de la mayor parte de las entradas, del orden de 50, que dedicaremos a este tema. A diferencia de lo realizado con los Sestercios donde unas entradas de iniciación al coleccionismo y a la historia de los signos monetarios, parecían indispensables, aquí desde esta misma entrada procederemos al análisis de piezas concretas, procurando ir distribuyendo en entradas sucesivas, consideraciones generales referidas a cada periodo histórico y características especificas de cada grupo de monedas Macuquinas.
Las monedas a describir en esta entrada están acuñadas todas ellas en la Ceca de Sevilla (la que acuño mayor número de monedas Macuquinas de todas las Cecas peninsulares) en el periodo 1589 en que comienzan a fecharse las monedas peninsulares de Felipe II hasta 1594, en que fue acuñada la última pieza mostrada en esta entrada. Son piezas con el escudo de los Austrias españoles en lo que llamaremos anverso, flanqueado por la inicial de la Ceca y la del Ensayador y la indicación del valor (IIII) en reales, a la izquierda, así como por los dígitos de la fecha a la derecha del escudo. En el reverso figuran las armas de Castilla y León en cuatro cuarteles con dos castillos y dos leones alternados.
Su peso, siempre algo irregular en las Macuquinas será de unos 13´5 gramos y la ley de la aleación en plata algo superior a la 900 milésimas. La leyenda muestra PHILLIPVS DEI GRATIA en el anverso e HISPANIARVM REX en el reverso. Los precios medios de estas piezas son 50€ en G (BC), 100 € en VG, 200€ en F (MBC), 400€ en VF y 800€ en XF (EBC). Quien no esté familiarizado con el significado que damos a cada grado de conservación y la equivalencia entre los grados americanos y españoles, recomendamos la consulta de la entrada 6 al Blog “El Valor de las Monedas” de Admistraciondigital.com titulado “Como Graduar las Monedas”.

                                              

FIGURA 61.3


Como vemos, el hecho de multiplicar el valor de una Macuquina por 2, al pasar a un grado de conservación superior continua siendo válido (lo que no es extraño si tenemos en cuenta el elevadísimo tiempo de circulación de estas piezas, equivalente en cierta medida al de los Sestercios), aunque aquí el papel de la pátina y el grado de rareza de cada emperador o reverso, está desempeñado por la visibilidad de la Ceca, el Ensayador y cada uno de los dígitos de la fecha, siempre que la pieza pueda ser absolutamente identificada, lo que es requisito indispensable para aplicar estas reglas de valoración. Caso contrario, si nos encontramos con una pieza no identificable, lo aconsejable es no adquirirla salvo si su precio es del orden de 9 veces por debajo de los indicados.
La FIGURA 61.1 representa un 4 Reales acuñado en Sevilla en el año 1589, primer año en que las monedas expresadas en reales de Felipe II incorporan el año de emisión. La letra S representativa de Sevilla puede apreciarse, aunque no la letra P tumbada que representa el ensayador, en el anverso que, sin embargo, si es visible en el reverso. La pieza tiene desgaste generalizado, aunque la práctica totalidad de los detalles de los distintos cuarteles de escudo son muy visibles, así como los contornos de los leones y castillos del reverso. No obstante, únicamente los detalles del castillo inferior derecho son distinguibles. Esto nos llevaría a un grado F, al que correspondería un valor de 200€ de acuerdo con el criterio expuesto para este tipo de piezas. El precio de mercado debería ser algo inferior, pese a su magnífica pátina, pero la falta de legibilidad del Ensayador y del valor en el anverso, lo bajan hasta 170€.

                                         

FIGURA 61.4


La FIGURA 61.2 nos muestra un ejemplar similar datado en 1596, si bien la no visibilidad de la parte derecha del último dígito pudiera hacernos pensar que su fecha fuera 1590. Podemos determinar que ésto no es así, ya que sabemos, como se podrá deducir del examen de piezas posteriores, que el tipo de diseño de los castillos en la Ceca de Sevilla es modificado a partir de 1596 haciéndose mas estilizado al suprimir el enladrillado a la par que los leones van alzando su figura pasando de sedente a rampante.
La pieza se encuentra en VG a lo que correspondería un valor de 100€ que disminuiríamos a 90€ por falta de legibilidad de Ensayador y Ceca, aunque la atribución a B (Juan Vicente Bravo) como Ensayador y S como Ceca es inequívoca por el arte empleado en su acuñación.
La figura 61.3 muestra un 4 Reales acuñado en Sevilla (S) en 1591 por el Ensayador H (Hernando Vallesteros) la pieza tendría una conservación VG similar a la anterior, con un valor de 100€ y un precio de mercado de 90€ al ser solo visible el último dígito de la fecha (que solo puede corresponder a 1591)  y la H del Ensayador.
La pieza de la FIGURA 61.4 tiene la fecha completa y podemos, por su arte atribuirla a Sevilla y al Ensayador B. Su grado es F y su valor es de 200€ en esta conservación, valor que deberíamos de reducir a la mitad al carecer de Ceca y Ensayador, dando un precio de mercado de 100€.

                                          

FIGURA 61.5

Por último, como elemento de contraste para la identificación de cual es la Ceca de una moneda Macuquina cuando su inicial no es visible, ni tampoco la del Ensayador, en la FIGURA 61.5 tenemos un 4 Reales acuñado en Toledo con el Ensayador C en el año 1594. A no ser visible ni Ceca ni Ensayador, hemos de recurrir al arte de la pieza para su identificación. Así, vemos que los castillos responden al diseño de las piezas toledanas de la época que se diferencia del de las de Sevilla en que tienen la peana sobre la que se asientan, completa.  La pieza se encuentra en VF- a lo que corresponderían 330€ que debemos reducir al no ser visible, aunque si identificable, Ceca y Ensayador, dando un precio de mercado de 190€.

Ultima modificacion el Viernes 06 de Enero de 2012 20:19
Ernesto Gutiérrez Guinea

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