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TRABAJO, RENTA BASICA UNIVERSAL Y COLABORACIÓN.

Continúo mi reflexión sobre la máquinas inteligentes para concluir en el análisis económico del ingreso, el trabajo y la renta básica universal (RBU). Aconsejo seguir las ideas y trayectoria del historiador holandés Rutger Bregman y su “Utopía para realistas”. Las ideas aquí expuestas deberían atraer la atención y reflexión de políticos, sindicalistas y la personas preocupadas por el bien común, pero pasarán desapercibidas. ¡Lástima!. Atribuyo a PODEMOS el mérito político y el valor de plantear en España la necesidad de instaurar una RBU. Pero ahí acaba su mérito porque pronto sus dirigentes optaron por “poner sordina” a la iniciativa sin hacer pedagogía política de la misma.

Este hecho demuestra la poca importancia que PODEMOS da a la formación política del ciudadano y la mucha prisa que tiene en cambio por alcanzar el poder. Todo lo contrario del viejo PSOE al que desea sustituir, que poco después de su fundación en 1879, se dedicó a la formación de los obreros sin importarle tardar más de 50 años en llegar al gobierno de la nación. Aunque la RBU es una idea novedosa cuya divulgación es mérito de PODEMOS, el mérito ha pasado a ser del PSOE al incorporarla a su programa de Gobierno. La idea asusta a muchos en la derecha y en la izquierda, pero se demostrará inevitable con el avance la inteligencia artificial, la consolidación de los androides y el nacimiento del hombre “colaborativo”.

La necesidad de una RBU surge de la conjunción de tres factores:

A) La tecnología de las máquinas inteligentes, que está en manos de ingenieros y científicos. La tecnología avanza imparable hacia la inteligencia artificial (IA) “colectiva”.

B) La organización del capitalismo, que en teoría está en manos de empresarios y trabajadores. El capitalismo ha organizado la actividad económica sobre la maximización del beneficio empresarial, aunque para conseguirlo sea necesario dejar sin ingresos a la mayoría de humanos. Ese objetivo está en el origen del histórico enfrentamiento trabajo-capital.

C) El funcionamiento de la economía capitalista, que está en manos de empresarios, Gobiernos y economistas. Estos últimos saben que la economía deja de funcionar si no hay producción y consumo masivo de bienes, y que el consumo masivo de bienes es inviable sin una distribución “razonable” del ingreso y la riqueza. Lo saben pero lo ocultan.

Comentaré brevemente el papel de cada uno de estos tres factores.

El primer factor es la tecnología de la inteligencia artificial colectiva (IA), nacida del matrimonio entre informática y comunicaciones. Ese matrimonio, cuyo noviazgo se inició al final de la segunda Guerra Mundial, se consumó en la década de 1980. Fui testigo directo de ese matrimonio, cuando alcanzada mi madurez profesional, asistí a la sustitución de las ruidosas centrales mecánicas de comunicaciones analógicas por nuevas centrales automáticas de comunicaciones digitales gobernadas por la inteligencia artificial. Entonces no comprendí los impactos de esa sustitución, ni pude imaginar todas las consecuencias de la revolución que implicaba la recién nacida integración de las comunicaciones y la informática. Las primeras centrales digitales Erikson me parecían una maravilla por su espectacular silencio.

Ahora, vista la experiencia de mi madurez y los servicios tecnológicos de “valor añadido” surgidos desde entonces, concluyo que ese matrimonio estaba poniendo en marcha la necesidad de una “RBU” a causa de su impacto sobre el empleo. Las centrales automáticas digitales sustituyeron cientos de empleos de las centrales mecánicas analógicas, pero ni los directivos ni los sindicalistas de entonces le dimos importancia al fenómeno. Lo celebramos como un “éxito” de la tecnología. Desde esa década, la tecnología de la IA y las comunicaciones ha evolucionado y crecido hasta provocar un nuevo matrimonio entre el humano y la IA. El nuevo matrimonio de lo humano y la IA no ha hecho más que empezar, y sus inicios se manifiestan hoy en la integración del humano con un móvil, una tableta o un ordenador. Como dice el escritor Andrés Ortega en “La imparable marcha de los robots”: “Este no es un libro de ciencia ficción… Los robots están ya en todas partes y los usamos para casi todo”. El impacto futuro del nuevo matrimonio de lo humano y la IA sobre los empleos no lo puedo ni imaginar, pero será devastador. ¿Tenemos entonces que detener y destruir la IA y los robots?. No es esa la solución como no lo fue destruir los telares mecánicos del siglo XVIII o detener el ferrocarril del siglo XIX, o los aviones del siglo XX.

De momento para alcanzar el nivel tecnológico existente en 2017 ha sido necesario que nuevas empresas (Appel, Facebook, Google, Microsoft, etc.) gobernadas por ingenieros y repletas de programadores desplazaran a las tradicionales operadoras nacionales de telecomunicaciones del siglo XX, llenas también de ingenieros “de otra generación”. Las nuevas tecnológicas están a la vanguardia de la IA en un proceso imparable hacia la construcción del ser humano colaborativo. El hombre-máquina biotecnológico (los filósofos como Rosi Braidotti hablan de “Lo posthumano”) aparecerá de modo casi natural y evolutivo al decidir muchos humanos incorporar a su cuerpo físico los avances de la Hight Tecnology (chips nanotecnológicos, prótesis inteligentes, gafas virtuales, injertos subcutáneos etc.) entre otras razones para competir con las máquinas inteligentes por los escasos puestos de trabajo que permanecerán. ¿A qué se debe esta escasez del trabajo humano?.

La respuesta la tiene el segundo factor explicativo de la RBU: la organización del capitalismo. Los empresarios han organizado el capitalismo en torno al objetivo de maximizar el beneficio de sus negocios y la retribución al accionista. Todos los empresarios saben que el beneficio crece si se reducen costes y que el trabajo humano es el factor productivo de más alto coste en la producción. Hace mucho tiempo que el empresario descubrió que la sustitución de trabajo humano por máquinas incrementaba la productividad y el beneficio de su negocio, así que en el siglo XXI ha decidido acelerar el proceso de sustitución de trabajo humano por máquinas, que además ahora son inteligentes. La expansión de este proceso es exponencial e imparable. Una de las consecuencias graves de este proceso es que el ser humano se queda sin su tradicional fuente de ingresos: el trabajo. Desde hace siglos, trabajo y capital luchan por la distribución del ingreso y esa lucha está también en el origen de la sustitución de trabajo humano por máquinas. En el capitalismo, la lucha trabajo-capital la ha ganado siempre el capital, pero esta vez tengo dudas sobre el vencedor final. ¿Por qué?

Porque si en esta ocasión el proceso de sustitución de humanos por máquinas puede acabar con el trabajo, lo que se pone en marcha es el tercer factor desencadenante de la necesidad de una RBU. Si el trabajo humano desaparece, todo el ingreso quedaría en manos del capital que alcanzaría así su gran objetivo de monopolizar el ingreso y maximizar el beneficio. Pero esta sería una victoria “pírrica” ya que al suprimirse el trabajo humano, la economía capitalista deja de funcionar, no por falta de productores (las máquinas inteligentes sustituyen sin problemas al trabajador) sino por falta de consumidores (las máquinas sólo consumen energía eléctrica y poco más de lo que el humano produce). Para que el empresario pueda monopolizar el ingreso, necesita vender la producción, pero si el ser humano se queda sin trabajo, se queda también sin los ingresos necesarios para acudir al mercado y comprar la producción que el empresario necesita vender. Esta es una de las grandes contradicciones de la economía capitalista: que su funcionamiento es más interdependiente de lo que el empresario desearía. Debido a la interdependencia entre producción-beneficio y consumo-ingreso, el empresario consigue al mismo tiempo la maximización del beneficio (se queda con todo el ingreso), y la ruina del negocio (nadie le compra la producción). Esta elemental intuición es la que llevó a Henry Ford a defender salarios altos para que sus trabajadores pudieran comprar los coches que fabricaba en contra de la opinión de sus colegas empresariales de principios del siglo XX, obsesionados con la maximización del beneficio y los salarios bajos.

Salarios bajos y beneficios altos son los criterios de austeridad absurda que practica la Unión Europea desde hace años. El empresario tiene claro que la producción es la fuente de sus ganancias, pero algunos de ellos comienzan a comprender que producir sin la existencia de consumo arruina su negocio y que la producción masiva demanda consumo masivo, pero ¿cómo consumir masivamente si ellos acumulan todo el ingreso?. Porque si en el futuro el trabajo asalariado existente es desempañado mayoritariamente por máquinas inteligentes, el ser humano se queda sin fuente de ingresos, y sin ingresos y consumidores el capitalismo de mercado deja de funcionar. Por tanto es necesario que los políticos encuentren para la mayoría de la población una fuente de ingresos alternativa al empleo, ya que este será copado en su mayoría por la IA. La RBU es una alternativa, y vivir del patrimonio financiero otra, a pesar de la incomprensión y el rechazo con que los trabajadores ven ambas fórmulas, pues se oponen a regalar un ingreso sin trabajar y a vivir de las rentas financieras (modo de vida tradicional de los propietarios del capital). Las rentas financieras las aceptan algo mejor que la RBU.

La resistencia del trabajador a ambas alternativas tiene su lógica, y advierte a los políticos sobre los riesgos del abandono de la cultura del esfuerzo. Durante siglos el ser humano ha interiorizado que el progreso se basa en el esfuerzo individual y la competitividad, y presiente que tanto el regalar ingresos sin pedir nada a cambio como el vivir de las rentas financieras son la puerta de entrada a la decadencia de la civilización. ¿Cómo evitar este peligro?. Políticos y economistas saben que el capitalismo no es precisamente un compendio de valores morales, y que la solución al problema está en modificar el funcionamiento tradicional del capitalismo. Ambos deberían tener en cuenta que si el empresario-capitalista llega al convencimiento de que regalar una renta básica universal o vivir de las rentas del patrimonio financiero es la única forma posible de vender la producción de su negocio y maximizar el beneficio, abrazará la idea de una RBU sin dudarlo y pronto se convertirá en su principal valedor.

A pesar de las resistencias iniciales de trabajadores y empresarios, la idea de una RBU o de vivir de rentas financieras es una solución correcta si la fuente tradicional de ingresos de la mayoría de humanos se agota. Esa fuente tradicional ha sido el trabajo asalariado. En los tiempos primitivos era un trabajo esclavo y forzado. En los tiempos medios, con la madurez del capitalismo, el trabajo se volvió asalariado, y aunque el trabajo asalariado era igualmente un trabajo forzado, la esclavitud se percibía de otra manera. En los tiempos altos de los siglos XXI y siguientes, coincidentes con la Hight Tecnology y los innumerables hijos del matrimonio entre el humano y la IA, la mayoría del trabajo humano forzoso desaparecerá y será sustituido por el trabajo voluntario y las máquinas inteligentes, más eficientes, productivas, robustas y baratas para el empresario que el conflictivo y frágil ser humano. A partir del siglo XXI el trabajador humano se verá obligado a competir con las máquinas inteligentes y en mi opinión, esa competencia generará una nueva especie humana a la que llamaré “homo mentalis”.

Algunos filósofos y biólogos como Nick Bostrom, Edward Wilson, Gunther Anders, Miguel Ángel Serra o David Pearce hablan abiertamente del nuevo escenario, y han acuñado el término “transhumano” o “posthumano” para promover una nueva forma de pensar y de cultura que integra al ser humano con las tecnologías de la IA en su camino hacia el “paraíso terrenal”. Porque… ¿Y si resultara que el paraíso no es el lugar del que fuimos expulsados sino el lugar al que tenemos que llegar, a pesar de los riesgos existentes?. Nunca antes hemos estado a la vez tan lejos y tan cerca del “paraíso”. Porque lo que nos salva como especie, es a la vez lo que nos puede matar. ¡Como casi siempre!.

José Ángel Suárez González

Madrid, 19 de abril de 2017.

 

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