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LA CRISIS DEVASTADORA Y EL SISTEMA BANCARIO ESPANTOSO.

Todos los países viven instalados en un sistema bancario espantoso. Aportaré de entrada la cita de dos norteamericanos que saben de lo que hablan. El primero ya es historia y se llama Robert H. Hemphill, directivo, buen conocedor de la Industria financiera y miembro de la Reserva Federal de Atlanta, que decía en 1934: “Es un pensamiento desasosegante: somos completamente dependientes de los bancos comerciales. Alguien tiene que pedir prestado cada dólar que hay en circulación ya sea en efectivo o en crédito. Si los bancos crean dinero artificial en grandes cantidades, prosperamos; si no, pasamos hambre. Vivimos sin un sistema monetario estable. Cuando uno ve la película en su integridad, la absurda tragedia de nuestra situación sin esperanza, es todavía más increíble. Pero es así”.

El segundo vivió en primera persona la última crisis bancaria de Estados Unidos en el siglo XX entre 1984 y 1991. En ese periodo quebraron 1.300 bancos y 1.400 sociedades de ahorro y préstamo. Se llama L. William Seidman y fue Presidente del Fondo Federal de Garantía de Depósitos de 1985 a 1991. Debido a la crisis bancaria, el Senado norteamericano le llamó a declarar ante la correspondiente Comisión. El Sr. Seidman, economista republicano y buen profesional, explicó que el único modo sensato de evitar futuras quiebras como las producidas era separar la administración de los depósitos de la actividad de concesión de créditos. En su opinión esa era una medida tan radical que sólo se llevaría a cabo bajo dos condiciones: existencia de una voluntad política fuerte, y generación de una crisis financiera devastadora.

En 2008 sufrimos una crisis financiera que amenazó con ser devastadora. Sarkozy regresó asustado de Washington y acuño la célebre frase “hay que refundar el capitalismo”. Pero los “paños calientes” que pusieron los líderes mundiales del G-20 y los dirigentes del banco internacional de pagos de Basilea evitaron el tipo de “devastación” a la que se refería William Seidman. Quizá alguien podría tener la tentación de preguntarle por su idea de “crisis financiera devastadora” en persona, pero Seidman falleció en mayo de 2009 a los 88 años de edad. En mi opinión vendrá otra crisis a la que no podremos poner “paños calientes”. Entonces los líderes tendrán que coger el toro por los cuernos y resolver.

¿Pero no serán suficientes los acuerdos de Basilea II adoptados en 2004 y la reforma de los mismos (Basilea III) adoptada en 2010?. El Banco de Pagos Internacionales (BPI) con sede en Basilea es el banco central de los bancos centrales. Se creó en 1930 a impulsos del Banco de Inglaterra y del Banco de Alemania, entonces gobernada por Adolf Hitler. Estuvo a punto de desaparecer en 1944, pero la contumacia de Inglaterra lo evitó. Su objetivo principal hoy día es establecer recomendaciones y reglas que refuercen la solvencia de los sistemas bancarios nacionales, pero sin modificar sus principios. Eso pretenden los Acuerdos de Basilea I, II y III, y eso es lo que yo califico de “paños calientes”. Cuando uno observa cómo se continúan fabricando productos financieros sin control, justificándolos en la necesidad de no poner límites a la “creatividad y libertad del mercado”, cuando uno comprueba cómo se siguen comerciando productos altamente tóxicos como los derivados, cuando uno ve con espanto cómo en Internet se anuncian operaciones financieras para manejar 40.000 euros poniendo sólo 100 de inversión (apalancamientos del 400%), uno no puede más que pensar que la codicia está de regreso y que la devastación pronosticada por L. W. Seidman no es más que una cuestión de tiempo.

Como no soy un catastrofista, voy a enumerar brevemente algunos argumentos en los que me apoyo para calificar de espantoso el sistema bancario vigente:

1. Los Estados permiten que los bancos concedan créditos hasta al menos por 10 veces los depósitos de los ahorradores, lo que la mayoría de estos ignora o prefiere ignorar. Si se permite conceder más crédito que el dinero existente en la caja, el riesgo de insolvencia ya está presente desde el principio en el corazón del sistema con independencia de la solvencia del deudor.

2. El Banco ya no es aquella institución preocupada por administrar de manera segura el ahorro de unos ciudadanos y empresas y ponerlo a disposición de las inversiones de capital de las empresas que lo necesitan, sino una institución preocupada por maximizar el beneficio y la retribución a sus accionistas que ha descubierto que comerciar con productos financieros y especular es mucho más rentable que invertir en la economía real.

3. El Banco sólo crea dinero bancario si alguien se endeuda, como bien señalaba Robert H. Hemphill, lo que estimula la generación de deudas. Además una deuda siempre es una fuente de comisiones bancarias, se pague o no la misma. La responsabilidad por crear deudas se esfuma.

4. Cuando las dificultades de solvencia aparecen, el Banco carga la deudas primero contra el patrimonio de los deudores, luego contra el patrimonio de los ciudadanos (gasto público) y sólo si el Estado le obliga la carga contra el patrimonio de sus accionistas y depositantes.

5. La opacidad es el criterio dominante en las relaciones entre depositantes y bancos. Los ahorradores ignoran el destino que los bancos dan a su dinero, y se convierten en acreedores involuntarios de deudores de los que lo desconocen todo.

El caso de las Cajas de Ahorro españolas es un paradigma de lo expuesto. Como los directivos-políticos pusieron las Cajas al servicio de sus intereses y proyectos descabellados que generaban comisiones y mordidas, la solución adoptada no consistió en profundizar la transparencia, la democracia y la solvencia bancarias, sino en expulsar a los políticos del ámbito bancario y mantener la banca cerrada a la transparencia. No se trata de acabar con las finanzas. Se trata de crear nuevas instituciones y generar objetivos que pongan las finanzas al servicio del bien común.

No soy el único con este pensamiento sobre el sistema bancario. Un español brillante y más joven lo ha condensado en un libro sencillo que lleva por título “La reforma progresista del sistema financiero” (Ed. Catarata). Explica claramente cómo y por qué separar la actividad de administrar depósitos de la actividad de conceder créditos. Los políticos pasan de estas ideas y no debería hacerlo. Están focalizados en el paro, pero creo que la mayor amenaza para las sociedades avanzadas viene de otro lado. ¿Estarán a la espera de la “crisis devastadora”? ¿Cómo están tan seguros de que podrán controlarla?

 

Madrid, 21 de abril de 2015.

José Ángel Suárez González

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