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La “Fábrica de Sueños”: Su alargada sombra sobre San Francisco City

POR TIERRAS DE CALIFORNIA

 

El viajero ha arribado a California: tierra mítica, el sueño americano. La fiebre del oro; el cinematógrafo, con el “glamour” emanado de Hollywood; las luchas, y conquistas, de derechos sociales; los atractivos turísticos… han sido, todos, factores que han operado como una suerte de “efecto llamada” hacia aquellos lares tan lejanos, en términos geográficos, de nuestro continente europeo.

El visitante, cinéfilo confeso, y cuyo principal destino es San Francisco –sin duda por influencia del protagonismo de tal urbe en el cinematógrafo y de la consiguiente irresistible atracción hacia esa ciudad de que ha sido víctima- al recorrer previamente distintos enclaves californianos pretenderá acaso hallar las ancestrales raíces hispánicas en esos confines: fueron españoles, a través de misiones franciscanas, los que descubrieron y colonizaron California, y tendrá ocasión de comprobar cómo la lengua castellana, vehículo excepcionalmente rico de nuestra cultura, se perfila como la más visible huella hoy de la presencia española en aquellas tierras.
Pero el viajero percibirá asimismo la existencia de un escenario estructuralmente multicultural, de un “melting pot” de variadas etnias: asiática (integrada por chinos, japoneses, vietnamitas, camboyanos, surcoreanos, indios, paquistaníes…); europea (compuesta por italianos; rusos; irlandeses…); afroamericana, amén de la hispana, comunidad consistentemente representada. Mas el apreciable nivel, alcanzado en la actualidad, de convivencia entre etnias no ha de conducir a olvidar serios conflictos raciales acontecidos allá en tiempos no tan lejanos.
California ofrece múltiples facetas en una especie de “explosión” poliédrica: es importante sede de la industria informática (Silicon Valley) y de prestigiosas Universidades (en Berkeley; en Los Ángeles; en San Francisco; en la Jolla, así como la celebérrima de Stanford) exhibiendo un potente capital humano en conocimientos, constituyendo, además, un foco cultural de referencia asentado sobre pintores, escultores, dramaturgos, músicos, actores, novelistas, directores…y la sede de importantes museos, propiciando la eclosión, cuando no ejerciendo su liderazgo, de las vanguardias culturales. Por allí han desfilado diversos estilos arquitectónicos destacando los logros en arquitectura moderna en la que se advierte la influencia del maestro Frank Lloyd Wright. Por todo ello suena excesivamente rotunda hoy la afirmación de Oscar Wilde de que “California es Italia sin su arte”. Y es que California tiene también arte, su arte.
Precisamente en California, en las décadas de los cincuenta y sesenta del pasado siglo, estallaron movimientos juveniles asociados, unos, a la generación “beat” y, otros, a la generación “hippy”, que, en planteamiento contracultural y en un contexto puritano, produjeron una ostensible desinhibición social, intelectual y sexual.
California, en otro orden de cosas, aloja espacios protagonizados por una exuberante naturaleza, que aloja gran variedad de plantas, con una luz solar cegadora, con una sinfonía de colores y un clima benigno que, en general,  mucho recuerdan al Mediterráneo. Hay playas, espléndidas, y, no pocas, salvajes e idílicas; altas montañas en las que resulta factible la práctica del esquí; extensos desiertos; tupidos bosques; hectáreas y hectáreas de tierras cultivadas…y todo ello existente en cortas distancias kilométricas, sin olvidar un atractivo paisaje urbano en las grandes ciudades, en el que es posible advertir el mantenimiento, si bien no siempre con éxito, de sus raíces, de sus orígenes arquitectónicos pero sin dejar de apostar por la modernidad.
Mas como casi todo en esta vida tiene dos caras y no es oro todo lo que reluce, California es territorio proclive a momentos sísmicos de gran intensidad –con terremotos que han producido, en ocasiones, devastadores efectos- y, en estos tiempos, es un Estado de la Unión que atraviesa serias dificultades en sus finanzas públicas (se ha llegado a hablar de un “crack”) y en el que la cifra de los “homeless”, de los sin techo, es ciertamente elevada, ostentando, por habitante, la cifra mayor de las principales ciudades estadounidenses.

EN SAN FRANCISCO CITY

El pasajero, como se apuntó antes, sigue una hoja de ruta en su periplo californiano que le empuja como ineludible destino a San Francisco. Y encontrándose en los aledaños de esta urbe ha podido rememorar otra sentencia de Oscar Wilde –y ahora, sí, para coincidir con su juicio- cuando refería que San Francisco tiene los más bellos alrededores del mundo, a excepción de Nápoles.
Transcurre el mes de agosto y el visitante, acostumbrado ya a la generosa luminosidad solar de California, se va a topar de súbito en San Francisco con un enclave con persistente niebla y no, desde luego, excesiva temperatura estival, consecuencia de la combinación del agua fría del Océano y del calor procedente de la tierra firme en la que se encuentra ubicada la ciudad, y que es un fenómeno (lo que confirmará después) que deviene en habitual en la primavera y durante gran parte del verano. En este contexto no parecerán extrañas, aunque sí quizás exageradas, las palabras, atribuidas a Mark Twain, afirmando que “el invierno más frío que he pasado fue un verano en San Francisco”.
San Francisco City se halla asentada en la punta de una península y en el corazón de una espléndida y majestuosa Bahía, cuyo estrecho de paso a la misma –de similar manera a cómo se llamó el estrecho en Constantinopla- se ha denominado “Golden Gate”, formando parte de la ciudad islas que se hallan en la Bahía (Yerba Buena; Ángel; Roja; Treasure; Alcatraz, famosa por su presidio) y otras que están fuera de la Bahía y a bastantes kilómetros de distancia: las Farallones.
San Francisco se ha erigido sobre una topografía, sin duda original, por cuanto en ella se levantan más de cuarenta colinas, con significativas oscilaciones de niebla y de pluviosidad entre distintas zonas de la ciudad  que comportan, en fin de cuentas, la existencia de auténticos microclimas. Y en ese contexto de empinadas calles –y con el objetivo de solventar las indudables dificultades generadas para los desplazamientos de sus habitantes, que disfrutan, por lo demás, de una ciudad caminable-  hay que situar la existencia de los originales, funcionales y, sobre todo, pintorescos “cablecars”, tranvías por cable, gobernados desde una estación eléctrica y que forman parte del “paisaje” urbano.
Es San Francisco una ciudad compacta –con otra “lectura” urbanística que Los Ángeles- con distritos y barrios claramente definidos y diferenciables: Nob Hill (sede, años atrás, de magnates); North Beach, con la Pequeña Italia; Telegraph Hill con Coit Tower, icono de la ciudad; Civic Center, con edificios gubernamentales municipales y culturales; el Distrito Financiero, que acusa, en cuanto a edificios se refiere, una cierta “manhattanización”, destacando la Transamerica Pyramid; el barrio comercial con Unión Square en su vértice; Fisherman´s Wharf; Mission, distrito en el que han predominado los habitantes hispanos, con Castro, centro de la vida gay; Chinatown; Japantown… Barrios de gran personalidad y gancho pero que coexisten, no se olvide, con otros en los que puede resultar peligroso transitar por ellos, como es el caso de Tenderloin o en los que se “alojan”, valga la expresión, una gran cantidad de “homeless”, lo que sucede –como contraste y denuncia de su situación social- precisamente a la vera de los edificios gubernamentales municipales y culturales, ubicados en el Civic Center.
Distintos estilos arquitectónicos han ido jalonando la ciudad: victoriano; neoclásico; Reina Ana; modernista; contemporáneo, con rascacielos, aunque estos últimos no en exceso. Y, en ese sentido, y como indudable seña de identidad, imagen de marca de San Francisco, hay que referirse al Gold Gate Bridge, famoso puente colgante, obra maestra de la ingeniería y símbolo que ha oscurecido el interés que indudablemente también suscita otro puente, el de la Bahía (Bay Bridge), construidos ambos en la misma época .
San Francisco es sede de importantes instituciones financieras, bancos multinacionales y firmas de capital riesgo, con, asimismo,  punteros centro de investigación en biotecnología y en biomedicina. En otro orden de cosas, ha venido constituyéndose en un enclave, en un bastión liberal en USA siendo, en los años sesenta del pasado siglo, capital del movimiento “hippy”, lo que Scott Mckenzie inmortalizó en su ya celebérrima canción “San Francisco”. Y, dato muy importante, allí se redactó y aprobó la Carta que creaba las Naciones Unidas.
El viajero, que pertenece a una generación que se ha divertido y formado en salas de cinematógrafo, ha tenido la sensación, cuando ha visitado por primera vez determinadas grandes urbes –Nueva York, Londres, París, Roma…- de  haber estado previamente allí. No en balde esas ciudades han sido “protagonistas” de no pocos films y a ello hay que añadir su protagonismo multimedia: en libros, en  fotografía y en televisión por ejemplo.
En el caso de San Francisco el cinematógrafo ha ofrecido distintas perspectivas: la singular geografía de sus empinadas calles –como la zigzagueante Lombard Street- con el espectáculo añadido de persecuciones automovilísticas en algún caso o el Twin Peaks, privilegiado observatorio de la ciudad o el Chinatown o la Coit Tower o la isla de Alcatraz o el Gold Gate Bridge, omnipresente en cualquier panorámica de la ciudad.
El cronista rememora la película de A. Hitchcock, “Vértigo”, y el recuerdo que le dejó tal film en su imaginario, en el que se muestran varios de los símbolos de la ciudad –con el puente colgante  a modo de estrella invitada- todo ello inmerso en un “climax” vaporoso, arcano, perturbador, de suspense, fomentado por la escasa circulación de personas y automóviles por calles prácticamente solitarias y silenciosas, por una más que adecuada banda sonora de fondo y por un ritmo cinematográfico contemplativo, de una cierta lentitud y cómo se consiguió captar  la peculiar luminosidad solar de la ciudad en una suerte de luz clara, transparente pero filtrada, lo que incide en un mayor misterio ambiental que envuelve a los protagonistas de la película, rehenes de un inexorable fato. Una ciudad, San Francisco, que atrae como un potente imán pero resulta, en verdad, inaprehensible en su conjunto, con una suerte de belleza inalcanzable.
Pues bien: el viajero ha detectado cómo Hitchcock fue capaz –y lo ha podido verificar ahora en un escenario habitual de bullicio- de capturar esas esencias de trasfondo de San Francisco que, a primera vista, se muestran como agazapadas y se ha congratulado con la agradable noticia de que en el Festival de Cine Británico, de 2012, una encuesta realizada por la publicación del Festival ha atribuido a “Vértigo” la condición de mejor película de todos los tiempos superando incluso a la legendaria “Ciudadano Kane”. Y es que, en ocasiones, siendo éste el caso, la Naturaleza (San Francisco City) imita al Arte (“Vértigo”) o, lo que es lo mismo, la ciudad parece haber asumido la visión proyectada en la “fábrica de sueños”, en el cinematógrafo.

 

 

Diciembre de 2012

Fernando Díaz de Liaño y Argüelles

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